Celebración de una noche sin fondos

Written by | Crónica

Por Jorge Iván Mora

El Auditorio del faraónico edificio del Tribunal Electoral, a un costado del ágora que funge de sala de recepciones, fue perfecto para la ocasión. En aquel lugar, la noche del 25 de abril, medianamente solemne, el viceministro académico (encargado) de Educación de Panamá, Mariano Rodríguez, actuó de tribuno frente a una selecta audiencia (al menos una vez habló a cappella, en otras dos leyó los escritos), y en su discurrir de fina prosa apeló a la poesía universal, recitó a pecho inflado un verso de Panamá defendida, y cumplió al fin el propósito mismo de la noche en ese instante: homenajear al poeta de la patria José Franco con motivo del Día del Escritor Panameño y hacer entrega oficial de la Medalla Rogelio Sinán, que se otorga por voluntad del Estado y es escogido por un consorcio vistoso conformado por el Instituto Nacional de Cultura, INAC, El Ministerio de Educacion, MEDUCA, y la Asociación Nacional de Escritores.

En realidad el premio teóricamente es uno solo pero aloja en su cuerpo sustancia concupiscente. Está la medalla, con su singular simbolismo, una nota de estilo, un diploma que lleva la firma a mano alzada del presidente de la república de Panamá, y dos cheques más o menos jugosos (cada uno de cinco mil balboas) que giran con pomposa cortesía el Instituto Nacional de Cultura, INAC, y el Ministerio de Educación Nacional, MEDUCA. Un premio noble, tentador y rubricado por el poder oficial.

Si bien el recinto no estuvo abarrotado hasta las banderas, sí registró muy buena asistencia y parecía bastante lujoso por la calidad de personajes que estuvieron allí, escucharon los discursos y celebraron el acto junto al poeta Franco.

Por allí pasó el alcalde de la ciudad, el embajador de España, otro par de diplomáticos a los que quizás no se mencionaron porque no tenían vínculos filológicos con el evento de carácter literario. Editoras, libreros, mujeres elegantes y otras que no porque a cambio llevaban atuendos rebeldes para afirmar sus creencias de iconoclastas; periodistas, pintores, fotógrafos, faranduleros insufribles, señores circunspectos de sombrero de ala, setentones de cola y boina, indígenas gunas letrados, y un poco menos en volumen y masa, seres de esos que llaman comunes y corrientes. De forma cierta, había abundante y suficiente material humano para sustentar el foro.

Casi todos eran importantes esa noche pero como en la mayoría de ocurrencias sociales o culturales, había gentes más famosas que otras por sus oficios y quehaceres: el novelista Rafael Ruiloba, presidente de los escritores nacionales, la poetisa Consuelo Tomás, el expresidente Aristides Royo, los poetas Pedro Rivera y Alvaro Menéndez Franco, la señora Gloria Calvit, una de las hermanas Bloise, y dicen que algún ex magistrado honorable. En últimas, nada que humanamente oliera a pecado capital.

El poeta Franco, a sus 84 años bien vividos subió al estrado con su recia lucidez apoyado en su hijo homónimo. Antes de hablar en firme sacudió las gafas humedecidas por sus lágrimas, que es seguro no salían de emoción, sino provocadas por los estragos de los vendales que azotan el paso de los años; ofreció disculpas por la evidente dificultad para la lectura del discurso y por ascender hacia el proscenio a paso lento debido a dolencias de último momento. Escoltado en todo momento por la sombra impávida envuelta en traje blanco de su hijo homónimo, se apoyó en el atril y leyó entre remiendos de párrafos más o menos bien hilados, lo que resulta una oportuna reflexión acerca de las incertidumbres que plantea la mundialización tecnológica y la ausencia de una mundialización de los valores humanos.

La pieza es sesuda pero es de temer que no goce de una copia limpia original y completa. Como tampoco es de presumir que haya sido incluida como orden de proceder en alguna gaceta literaria oficial. El poeta confesó con visible hilaridad los trucos de confección y escritura del ensayo a los que tuvo que acudir por motivos de salud, pero eso sí jamás por insuficiencia intelectual.

Hubo al final aplausos, abrazos, besos, un desfile de saludos y lágrimas, fotos individuales y en grupo, en familia, en sociedad. Y hubo tal vez despedidas finales, como la de una octogenaria señora que con los ojos llorosos abrazó al poeta y lo retuvo entre su pecho senil y sus frágiles manos para decirle con voz entrecortada que se trataba de la ´última vez que te veré´. El poeta le replicó con risa socarrona, la apartó cortésmente, la miró a sus ojos y le susurró con voz firme: “es la última vez que nos vemos”.

Hubo pues bromas al estilo de Franco, humor fino en los labios del doctor Royo, orgullo de nietas, silencios blancos, alegría, y luego, afuera, en el ágora de los dioses y los reyes, la ofrenda de viandas y vinos para despertar la gula colectiva, el placer mundano o la bohemia.

En medio del festín, se repitieron besos y abrazos y también fila de parte de visitantes insatisfechos y glotones para colmar de nuevo sus platillos con las delicias de la comidilla servida para la ocasión. Pero al final, cuando la plaza fastuosa que aloja a los pétreos, inmortales y eternos magistrados del Tribunal Electoral de Panamá, quedó sola y en silencio, nada pecaminoso había sucedido en el acto. Nadie espetó siquiera un lamento que pudiera haberse refugiado en la desmesura de los pedestales que sostienen el palacio electoral.

El poeta regresó a su remanso de Las Tablas en la provincia de Los Santos, al sur de la idílica península de Azuero, envuelto en la gloria celestial que le había brindado aquella noche grande, pero sin acariciar todavía la inmensidad simbólica de la medalla Rogelio Sinán, el perfume sedicioso del dinero apelmazado en el valor de los cheques, y el aura poderosa del diploma presidencial y la nota de estilo.

Lo que vino después fue lo que todo el mundo comenzó a tratar de digerir con estupor de peregrino engañado, a diez días de transcurrida la entrega del premio: el diploma no tenía la firma a mano alzada del presidente de la república Juan Carlos Varela, el cheque del Instituto Nacional de Cultura, carecía de fondos y al cheque del Ministerio de Educación Nacional le faltaba una firma. Y para completar el escarnio, la medalla, epicentro del premio, era prestada. En lontananza, el poeta debió pensar que para la memoria histórica del Día del Escritor Panameño, la suya fue la celebración de una noche sin fondos.

Last modified: 27/06/2017

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