¡En vida, hermano, en vida!

Written by | Crónica, Entrevista

¡En vida, hermano, en vida!
Reportaje acerca del poeta César Young Núñez en su honor y para conmemorar el mes del idioma

Por: Jorge Iván Mora

Con los vientos últimos del verano que soplan en la planicie del parque de la barriada Alameda, y un manojo de niños que juegan alrededor, me reuní con el librero Luis Eduardo Henao para hablar del poeta César Young.

Conocí al librero antes que el poeta, pero ambos se cruzaron entre sí para siempre en la librería que operaba frente a la universidad de Panamá, hacia 1993, donde había destinado un rincón para la utopía, alimentada con libros de tendencia de autores como Borges, Cortázar, Gabo, Vargas Llosa, Onetti. Desde esa época, se volvieron confidentes de la palabra.

A César Young le han rendido homenajes merecidos y se ha ganado premios merecidos. Fue destacado en la cofradía de sus bohemias con nombres que suenan a pasado y presente, seres mortales metidos en la tozudez del placer, el arte del verbo, la música, el pincel, los versos, el teatro.

Nombres que están en el inventario lúcido de Young Núñez, hecho de trincheras mundanas y humores de pueblo. Nombres de seres que ya no van y vienen a las guaridas que él mismo empinó en sus estancias de rey de los sueños de Avenida B, en las penumbras del arrabal santanero o en las medias mañanas de Obarrio, su templo último, o al costado, conversando con los comensales del restaurante Rico Pollo.

Hoy, Young ve los días pasar en una soledad nada misteriosa porque de soledades él las descubrió en los libros de crónicas, en las novelas de los grandes narradores y en sonetos que han iluminado su sendero. Además, tuvo que saberlo por confesión de sus genes. Young tiene marca de oriental. Esa parsimonia contemplativa suya es oriental. A eso de observar los altibajos y desprecios de la vida en sacramental silencio, sin alterarse, sin juzgar, sin renegar, sin levantar el dedo señalador, le llaman humildad, y es sinónimo de sabiduría. Young es sabio por todo eso, y porque sabe de la mortalidad del hombre, aunque represente sin aspavientos la inmortalidad del espíritu creador.

Lo cierto es que el librero ha seguido custodiando el templo de este hacedor de la palabra, tan culto como simpático, tan alegre y sencillo, tan inestimable.

Debo decir que busqué al librero para rastrear al poeta, porque además de lo que se han permitido hablar en los últimos 25 años, sus nexos están patentados en publicaciones que ambos decidieron emprender, con mayor énfasis en los últimos tiempos, cuando el olvido, o el dejar de recordar de manera involuntaria como lo llama internet, se apodera de nosotros, o de los otros, y entonces, aquel que es, ya no existe ni siquiera en la conciencia.

Es el destino de hoy, rápido y furioso, capaz de borrar todas las emociones para instalar el proceso aplaudido de la desmemoria, representada a sí misma como borrador, en un teclado de ordenador, bajo la palabra delete.

HOMENAJE EN VERSO

A mí me llamó la atención una publicación en pequeño formato de Cultural Portobelo, la librería de Henao. “En vida, hermano en vida!”, reconocimiento a la pluma del poeta César Young Núñez, publicada en diciembre de 2014 y que tuvo como propósito, en palabras suyas, rendir homenaje de desagravio en la librería Exedra Books al bardo de Avenida B, con motivo de habérsele concedido, mas no entregado en su momento, la Condecoración Rogelio Sinán, 2014.

Así ocurrió. El homenaje culmina, como escribió Henao, con un bello reclamo a la inmortalidad  invocando la poesía sabrosa de la mexicana María Rabetté: “Si quieres hacer feliz/a alguien que quieras mucho/díselo hoy, sé bueno/en vida, hermano, en vida…”

Young pasó del goce triunfal de escritor a retiro forzoso en un cuartel de invierno, que no es el suyo. Es de parientes que custodian su lucidez y esa soledad que debió ver venir con dicha creativa, sin apremios de salud, rozagante, preparando platillos de comer a gusto de cocinero celestial y toque de salsa china de soya.

En la tertulia del parque de Alameda, Luis Eduardo Henao habló de todas estas ocurrencias de vida. Y muchas cosas más. Dijo que cuando César Young iba a su librería, no sabía de quién se trataba. Ya había leído al menos tres de sus obras, pero en realidad no se habían cruzado. “Recuerdo que recién abierta nuestra librería en el ya lejano marzo de 1993, empezó a volverse asiduo visitante un chinito callado, meticuloso, comprador inteligente, conocedor como nadie de autores, obras, temas, tendencias políticas de muchos de los libros recién llegados, los que revisaba por largo tiempo e iba haciendo, con gran alegría de mi corazón, un arrume de ellos para comprarlos”. Hasta que desde la puerta de entrada a la librería una figura conocida por ambos entró al azar y gritó: “César Young! ¡Cómo estás! Y vino el abrazo. Era Neco Endara. Esto facilitó que entre ambos cuajara la química que estaba en remojo y que hasta hoy los une.

Young conversaba de lo divino y humano y el librero le seguía el paso. Lo asombroso, dice Henao, es que su prodigiosa memoria era capaz de recitar sin titubeos poemas enteros de famosos bardos. O cuando tenía en acción su biblioteca de más de 7,000 volúmenes ordenada por temas, no tenía inconveniente en ir al lugar exacto para tomar uno de ellos y abrirlo en la página donde quería volver a leer un párrafo.

El librero también reveló que César Young fue ajustador de cuentas de una compañía de seguros y profesor de Humanidades en la Universidad de Panamá. Pero era curioso que cuando se jubiló, con los restos monetarios de ambos lados, siguió comprando libros. “César es un vicioso de libros”. Su biblioteca fue inventariada por los hijos de Luis Eduardo en el afán de preservarla, y empacada en cajetas que fueron almacenadas en un depósito de almacenaje por su volumen, pero que luego de casi un año fue trasladada al nuevo hogar del poeta. Allí hay muchos libros de edición original que poseen un gran valor para coleccionistas. Pero es posible, que almacenados como quedaron, estos libros no resistan el embate de la humedad istmeña. Y se pierdan. ¿A alguien del mundo de hoy, podría importarle?

Siendo del pueblo, el poeta se codeó socialmente con la burguesía local, mundo que jamás le interesó para sí. Y tuvo una vitrina interesante que le consumió parte de su disciplina. Escribir para el semanario Ellas una columna, que más que de opinión, en realidad, fue un modelo particular de crónica en la que sazonaba las nostalgias de lugares idos, espacios de la ciudad o personajes y lo hacía con su buen sentido del humor y su ironía culta, a veces tirada al desparpajo para romper deliberadamente protocolos afines al trascendentalismo social.

En Ellas se sintió cómodo y comprometido. Le llenaba de vitalidad porque sus lectores anónimos surgían en la mitad de una calle o en la vecindad del restaurante de Obarrio, y se le acercaban para expresarle su identidad con el tema de aquella o de esta semana.

A Henao, le parece que en el diario La Prensa (el padre de Ellas), no supieron medir el volumen de lectores que la columna de Young atraía cada viernes. Lo fueron dosificando.  Después aparecía cada quince días. Lo fueron recortando. Al final cada mes. Y ya. No volvió a salir. Desapareció.

Cuando el poeta se trasladó de la avenida B a Obarrio, su preocupación mayor fue su madre y su hermano, quien también era profesor.

A la muerte de su madre Vicenta, le siguió un estancamiento temporal de su producción literaria. Se encarga entonces de velar celosamente por su hermano Ernesto, quien también fallece, y entonces queda solo, y cocina para los pocos amigos que van a su encuentro en Obarrio. La producción literaria mengua un tanto pero poco a poco vuelve a su rutina de escribir, sin abandonar el vicio de leer una o varias obras a la vez.

Y el librero ahí.

Vino otro homenaje por cuenta de la Cámara del Libro (la Feria del Libro), en el año 2015, a cuyo acto estaba invitado Luis Eduardo Henao para hablar del César y promover el libro de su tesis de grado sobre Laurenza.

Cosas de la vida. Ignoraron al librero. No lo llamaron al estrado de Atlapa. No fue posible promocionar el libro “Roque Javier Laurenza y la rosada celda del caracol”.

En esta fallida charla, Henao quería contar, que en cumplimiento de su trabajo como ajustador de seguros, César Young viajaba por muchas partes del país y el mundo, y era riguroso en su labor profesional, pero como buen poeta el hombre a veces andaba por las nubes, como aquella vez, cuando al subir a un barco que transitaba por el Canal, para verificar la avería de un cargamento, dio un traspiés andando la escalerilla y cayó al agua. Un acompañante no tuvo mejor ocurrencia que gritar: ¡Poeta al agua! para que le enviaran de inmediato un flotador y salvar la vida del cuasi náufrago.

El César viajero tuvo oportunidad de recorrer países, recordó Henao, y conocer escritores de varias latitudes o crear fuertes vínculos con poetas latinoamericanos, que lo apreciaron e incluyeron notas y poemas en sus libros, que provocaron una simbiosis enriquecedora entre ellos.”En su biblioteca guarda con especial cariño libros autografiados y fotografías de los más grandes escritores de nuestra época. Y ni hablemos de los más connotados escritores de nuestra patria, pues había una hermandad entre ellos, que la muerte no ha roto”.

Por allá en 2001, pedí al poeta recordar a uno de sus amigos, el padre del nadaísmo, una corriente filosófico-cultural que revolucionó a Colombia en los años 60 y 70, y que tuvo en el vate de Medellín Gonzalo Arango a su profeta mayor.

Arango admiraba a Young y quedaron epístolas de esa amistad en verso que ambos compartieron. Young lo recordó en un escrito que llamó Cartas inestimables y que se publicó en el suplemento Colombia de aquel año. Esa correspondencia es parte de la amalgama de cartas de escritores amigos suyos famosos, que hoy no se sabe si sobrevivan.

El librero, en la Feria del Libro, quería también desenmascarar otra faceta de Young Núñez, la del César romántico. “Ha dedicado poemas a las múltiples musas que, de una u otra manera, se han cruzado por su vida”.

De unos sencillos ocho sonetos, buscando en sus cajas de escritos y sirviéndole de apuntador, el librero le sopló otros cuantos nombres de musas que han embellecido sus emociones y estaban quedando fuera del libro en preparación, Sonetos de Mujeres, cuyas ilustraciones pretenden estar a cargo de su gran amigo el pintor Mario Calvit.

Y claro que siempre hubo un César enamoradizo, amigo de las buenas veladas y el buen vino, especial cantando tangos y entonando boleros. Y un César que ha vivido atento a los juegos de su amado equipo Real Madrid. Las frustraciones y emotividades a este respecto siempre las compartió, envalentonado frente a la pantalla chica, junto a Luis Eduardo. Hasta cuando pudo. Se llamaban para sintonizar el televisor de acuerdo con la programación internacional, en el descanso del medio tiempo de un partido. Al finalizar cada partido.

Así es un poeta. Humano. De la tierra. Un poeta de abril. Porque nació en el abril del trópico donde no hay primaveras de estación, pero empieza la lluvia y asoman como tejados del cielo flores amarillas, guayacanes de amor y alfombras perfumadas de delirios de aficionados a ensayar conquistas con la ilusión de una flor.
El librero ha querido salvaguardar de tiempo atrás la memoria en vida del poeta, y con su anuencia y apoyo, ambos se embarcaron en el tremedal de presentar la colección BIBLIOTECA CÉSAR YOUNG NÚÑEZ DE POESÍA PANAMEÑA. El primer número fue la tesis de Laurenza, con la que el poeta honró su fervor por las letras en la carrera de Humanidades.

Y quedaron en la tarea de preparar y completar la colección que recuperará para las presentes y futuras generaciones, obras de autores como Korsi, Herrera Sevillano, Miró, De Obaldía y tantos otros.

En el mes del idioma, bienvenidos los poetas. Y alabados sean los reconocimientos. Porque como escribió la poetisa mexicana: “Nunca visites panteones/ni llenes tumbas de flores/llena de amor corazones/en vida, hermano, en vida…”

Last modified: 22/06/2017

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