Conversaciones de una tarde Mayín Correa y la gallina desplumada

Written by | Crónica, Entrevista

Por: Jorge Iván Mora

Fotos: Jorge Rubio

A Omayra Judith Correa Delgado, los atributos ponzoñosos de su destino zodiacal, le han sabido corresponder, sabe Dios, con qué intenciones.

Se le acusa de terca, pasional, ingeniosa y valiente.

Famosas son sus vehemencias para sofocar a conspiradores de sus improntas, por las cuales acumula sindicaciones, unas odiosas y banales, otras zahirientes.

Se le señala de mirar con ojos intensos y acudir a la mordacidad como recurso primitivo de sus defensas.

Descree de la gente pasiva, y le gusta la verdad. Ama tener la razón, la disciplina en todos sus emprendimientos, a los amigos de muchos años y a  la idea original y pura  de sentirse libre.

Osa librar las batallas más cómoda, si consigue escoger rivales dignos, aunque a veces, como consta en el historial largo de su vida, el  propio destino, con muecas provocadoras, la contradice y castiga.

 

La primera vez

Fue fascinante llegar a ella. Eran las dos y diez de la tarde del primer jueves de octubre, bastó mirarla y entonces comenzó contando cómo se había iniciado en el periodismo.

Antes, en el hall posterior de su apartamento alto, que tiene el encanto adicional del mar abierto al fondo con sus rumores y luces, se anticipó a la pregunta de siempre: ¿por dónde empezar?

Cuando ya vivía en Ciudad de Panamá y se desempeñaba como maestra de inglés en el IPA,  según sus conclusiones, sin demasiada vocación y poco entusiasmo, llegaron las vacaciones de tres meses, de las cuales la institución solo pagaba uno, quedaba sin sueldo por dos y tenía obligaciones de sustento y familia.

Su hermano, Rodrigo ´Cañita´ Correa, había comenzado a diagramar y producir el vespertino El Panamá América, bajo la dirección del expresidente Harmodio Arias. Y apareció la propuesta del primer suplemento que hacía este diario con motivo de la inauguración del Hotel Continental.

Hizo el suplemento y el doctor Harmodio le dijo a Cañita: “Llámeme a su hermana para felicitarla”.

A la familia Correa siempre le gustó redactar porque su madre era una gran lectora y entusiasta de la escritura y les transmitió a sus hijos esa vocación.

“Le voy a dar un premio”, le anunció el doctor Arias a Mayín. La envió por su cuenta a Bogotá para que conociera el diario El Tiempo. El regalo fue por quince días, recuerda ella y en realidad resultó un gran premio. Se bajó en la capital colombiana, y con su simpatía y vivacidad casi caribeña, pronto se hizo al afecto de algunos periodistas, entre ellos los Giraldo, Iáder y Alberto, que en realidad pertenecieron más a otras dos casas periodísticas, El Espectador y El Siglo.

Famosos, ágiles, sardónicos, buenos relacionistas, les decían ´los gorilas´ por una anécdota surgida de su relación con el presidente Guillermo León Valencia y una visita a Colombia del presidente Charles de Gaulle en donde en vez de los escoltas del líder francés aparecieron ellos muy orondos. Gorilas periodistas.

Con ellos la joven y despierta Mayín Correa empezó a descubrir el mundo del periodismo durante su primera estadía en Bogotá, y luego un sinnúmero  más frecuente de viajes. Sobre todo fines de semana. Las tertulias eran interminables en lugares frecuentados por el mundillo del periodismo capitalino colombiano y sitios como el Zaguán de las Aguas, era obligado paso de reuniones y celebraciones.

Hacia las dos de la madrugada del 12 de julio de 1963, Mayín recibió una llamada de Bogotá de su hermanazo Iáder Giraldo: ”Negra, te tienes que ir al aeropuerto de Panamá a entrevistar al presidente ecuatoriano Carlos Julio Arosemena. Lo derrocaron los militares y va para allá”.

Mayín, balbuceó cosas, se envalentonó y se armó de una grabadora y no sabe cómo  hizo para cruzar el largo camino entre el edificio del aeropuerto Tocumen y parte de la pista de aterrizaje a donde se parqueó el avión ecuatoriano que traía a Arosemena Monroy. Pero además se llevó a su hijo Jimmy que estaba pequeño. “Tú no eres periodista”, le dijo el chiquillo, quizás enfadado por el madrugón.

Cuando se abrió la portezuela de la nave, avanzada la madrugada en Tocumen, apareció el presidente, en piyama y levantadora de seda, bañado en alcohol, perdido en copas, y Mayín, al final de cuentas, terminó llevándolo al hotel.

Cuentan que el suceso que marcó la caída de Arosemena Monroy fue durante una recepción oficial la noche previa, el 10 de julio, a un funcionario de la compañía americana Grace, en la cual el presidente estaba ebrio y se comportó de forma indecorosa.

Ante esto, al día siguiente lo derrocó un grupo de militares auspiciados por la CIA,  que venían bastante incómodos con el presidente de tiempo atrás y fue deportado a Panamá.

“Llévame a mi hotel”, le dijo Arosemena a Mayín, y ella lo ubicó en el que estaba cerca del aeropuerto.  Allí el derrocado presidente de los ecuatorianos empezó a blasfemar y a disparar improperios contra los militares que lo habían tumbado con la excusa de su ebriedad indecorosa, soltó maledicencias a borbollones y como era un hombre en verdad intelectualmente formado y bastante inteligente, a pesar de las gruesas palabras, dejó en el ambiente  de sus imprecaciones contundentes y emotivas, verdades para su pueblo y para los estupefactos espectadores latinoamericanos.

Mayín lo grabó enterito, llamó a su partner Iáder Giraldo, le puso la grabación y le dijo: “es lo que tengo”.

El reportaje apareció firmado por Mayín Correa en los cables internacionales de la agencia de noticias UPI y le dio la vuelta al mundo. Fue una verdadera ´chiva periodística´, como llaman en Colombia a la noticia que nadie más tiene y se publica como primicia informativa.

Dicen los biógrafos que Carlos Julio Arosemena gozó de una considerable popularidad luego de su regreso a Ecuador hasta su muerte, acaecida en Guayaquil, el 5 de marzo de 2004. Pero mientras estuvo en Panamá, Mayín Correa Delgado gozó de su amistad y compartió grandes momentos, porque Arosemena era bohemio, poeta, estudioso y estadista.

Que el nombre de Mayín se viera en letras de molde y la primicia informativa fuese publicada también por los diarios panameños, entre ellos El Panamá América, produjo un pequeño milagro.

El doctor Harmodio Arias, volvió a contactarla de inmediato y le hizo una oferta que no era despreciable para sus ingresos del momento. “Quédese a trabajar aquí”, le susurró,  Y Guillermo Rodolfo Valdés, quien estaba al frente del periódico El Día, le dijo a Mayín enterado de la oferta: ”Allá vas a ser cola de ratón. Vente aquí y te doy una columna diaria”. Mayín optó por la segunda opción. Y por supuesto no fue fácil que al otro lado  entendieran su decisión.

 

De la izquierda a la derecha

Encasillar a Mayín Correa en un partido político, no es posible. Su militancia es la libertad como ella la entiende, a su manera, casi única.

El periodismo, sin que se lo hubiera propuesto, la acercó al poder.

Cuando hizo sus primeros pinos en la televisión, ese  aprendizaje de “sentirse orgulloso de la chiva”, como se decía en Colombia, la llevó a ser más que curiosa porque, para complementar, siempre fue bastante inquieta, la más tremenda entre sus hermanos, lo que le valió severos llamados de atención y reprimendas. Su padre, con quien mantuvo una profunda cercanía, era un ser muy estricto.

Trabajó  como corresponsal de RPC, hacía noticias  para radio y le pagaban cincuenta centavos de dólar por noticia. Mientras escribía columnas estuvo allí y por ese sendero llegó a la televisión, y se proyectó con uno de los programas de debate ´Edición Especial´, que cautivó gran audiencia.

En su peregrinaje periodístico fue descubriendo cuanta militancia política proliferaba en aquella Panamá imbuida en la mística nacional de conquistar su sagrado derecho a administrar los destinos del Canal de Panamá y a revertir las zonas ocupadas por las bases militares estadounidenses.

Hoy ella dice sin rubor que conoció y militó en todas las izquierdas y sufrió una gran decepción que la empujó a la derecha.

Mayín no niega la poderosa influencia de lo popular en su estilo de vida, en su ser mismo, porque vino de la provincia a vivir cerca de la capital, La Chorrera, sin más recursos que el modesto sueldo de maestra de escuela.

No era su norte, jamás se sintió educadora, a  pesar del enorme ejemplo de su hermana mayor Noris.

Nunca fue tímida y siempre ha vivido complacida con su temperamento contestatario, a veces ofensivo y colérico, a veces conmovido y profundamente humano.

No es que haya escogido el anarquismo como su camino, pero hay tramos de su andar que se le parecen,  si por anarquismo se entiende la devoción hacia el individuo y la crítica de su relación con la sociedad. En palabras de Pierre-Joseph Proudhon, “sin amo ni soberano”.

Es eso. A Mayín Correa no le gustan los amos. Y se siente soberana de su propio destino.

Cuando supo conquistar su espacio en la televisión, vivía Panamá tiempos de ajustes del proceso torrijista. Y por esas cercanías de la vida, desde los años mozos, en Santiago de Veraguas,  ella fue bastante allegada a la familia Torrijos.

Con Monchi Torrijos, hermano periodista del general, recorrió lugares cercanos y lejanos de la geografía istmeña, y quizás a su lado fue cuando empezó a decepcionarse de los regímenes comunistas del mundo y del discurso izquierdista panameño que en principio la atraía.

Y como la vida misma teje profundas coincidencias, ella y el coronel Omar Torrijos Herrera aparecieron de vecinos en Calle 50 de la capital. Sus viviendas se comunicaban por los interiores. Mayín conversaba desde la ventana de su apartamento con Omar,  quien se sentaba  en el patio de su casa.

Una noche vio al coronel solito tomando café y fumándose un tabaco. “¿Omar por qué estás solo?”

-“Estoy solo pensando en la patria”, le respondió. No había nadie en su casa.

Mayín se quedó pensando en la frase lacónica de Torrijos y esa madrugada ocurrió el golpe militar que tumbó a Arnulfo Arias.

También Mayín, por invitación de Torrijos estuvo  asistiéndole en calidad de relacionista  de prensa en su despacho de la Guardia Nacional.  No resistió las intromisiones de los oficiales. Fue quince días y no le pagaron. ”Omar me llevó, no me pagaron y él me regaló cien dólares”.

Una vez, llegó a Corea del Norte junto a una delegación panameña de periodistas y en el hotel en cada habitación estaba colgado un cuadro con un retrato de Kim Il Sung, el líder supremo de la revolución norcorena.

A ella le pareció que ese retrato la miraba de mala gana y le estaba espantando el sueño y decidió voltearlo.

El botones que la asistía entró en pánico por esa pequeña arbitrariedad de la huésped y terminó suplicándole que dejara el cuadro como estaba, tranquilo, porque las consecuencias serían muy duras para él.

En Cuba, acompañó a Omar Torrijos cuando se normalizaron las relaciones entre ambos países, luego de varios años de suspendidas por las imposiciones de los Estados Unidos en la OEA de aquel entonces.

Torrijos fue el encargado de normalizarlas. Y la periodista Mayín estuvo allí para ser testigo pero también para importunar.

Al comandante Fidel Castro le miró sus botas lustrosas y le preguntó por qué él usaba botas finas y su pueblo andaba casi descalzo.

Fidel le respondió que se las habían enviado de regalo de Italia. Luego trató de molestarlo con otras apreciaciones fastidiosas. Y Torrijos al lado. El momento en que ambos mandatarios se escaparon de la delegación para hablar a solas, ella los avistó y se les apareció de repente. Hasta que Fidel le dijo: “Omar, devuelve esta mujer a nado a Panamá”.

El generalísimo y dictador Augusto Pinochet le dijo a Mayín que era primera vez que se sentaba con un periodista para dar una entrevista.

Promovía encuentros polémicos en la pantalla chica  como la presentación del líder del partido comunista panameño César De León y Carlos Alberto Montaner, conocido comentarista cubano radicado en Miami y marcadamente anticomunista. El programa fue reproducido 17 veces en Miami.

De ese talante han sido sus insolencias, intrepideces  periodísticas y rebeliones. Carentes de protocolo y sin preocuparse de eso que llaman buenos modales. Han sido gestos para patentar en sus interlocutores un ´no me olvides´.

Quienes recuerden a esa Mayín Correa presentadora de la televisión tendrán que admitir que no hubo de aquellos días, estadista, mandatario, dictador o todopoderoso en América Latina, Estados Unidos o Europa y Africa que no hubiera sido entrevistado por ella.

Jimmy De La Guardia era gerente del Canal 4 de la TV y  a ella se le ocurrió recorrer buena parte del mundo haciendo entrevistas.

Viajó por toda Europa realizando su trabajo feliz. Llevaba mucho material acumulado para editar cuando llegaron a Irán. Tiempos duros. El funcionario de seguridad les increpó y cuando ella le explicó que se trataba de material fílmico para la televisión de Panamá, el hombre les destruyó los materiales.

Se sentó en el piso a llorar. Siguieron a Egipto desconsolados. Como pudieron unieron retazos, salvaron lo que pudieron y concluyeron la gira con esa espada clavada en el corazón. Se deprimió muchísimo con este incidente. No salió lo planeado.

Como estereotipo resbaloso  en los mentideros de la política local, se afirma que Mayín Correa suele morder la mano del que le da de comer. Todo porque a lo ancho de su ejercicio político ha pactado acuerdos políticos con distintas banderías.

 

¿Pero no será más bien que Mayín Correa es poderosa?

Bautizó su espacio radial como ´La Palabra´ y con el discurrir de los días se convirtió en tribuna de combate contra lo que ella ha considerado arbitrario o injusto, una vez que apareció en el universo de las ondas hertzianas, en KW Continente, la emisora que fundó su hermano Rodrigo.

Con el paso de los años, una buena franja de oyentes han sido sus electores, puesto que la conocen no solo de palabra sino de obra.

De modo que la prensa, la televisión y principalmente la radio en las dos últimas décadas la hicieron más popular.

Es de aceptar así, que tenga detractores y apologistas, y jamás  quién la ignore, producto de su personalidad y presencia pública permanente.

 

Siempre líder

A Mayín Correa Delgado, sus padres se le fueron temprano y esa fue una condición determinante para que los hermanos, liderados por Gonzalo y Noris, mantuvieran unidos férreamente.  No gozaban de la mejor economía familiar.

A su padre comerciante, le gustaba la compañía de Mayín. Una tarde sintió que el corazón le dolía, se montó en su viejo truck marca Chevrolet de color verde, le dijo al chofer a donde ir, se sentó al medio y Mayín a la derecha de la cabina. Le pidió entregar un encargo con dinero a un pariente a la vera del camino y que luego lo llevara al hospital.

Ella entregó la bolsa del encargo y de repente, avanzado un trecho, él sufrió un infarto que Mayín no supo reconocer. Era una niña de escasos doce años. Su padre se durmió para siempre en sus piernas. Fue devastador, doloroso, impactante.

Como era inquieta, vivía arriba de los palos de frutas, siendo muy niña, no funcionaba en matemáticas, y siempre ocupaba el segundo puesto en los estudios porque se distinguía en otras áreas.

Servía de manager  a las reinas en la escuela secundaria, en Santiago, estudiando para Maestra de Escuela. Pertenecía a la liga de básquetbol y llegó a ser  princesa. Una costurera acreditada de apellido Castillero le hizo un traje de esos fastuosos. Entonces le preguntó a su hermano Rodrigo que cómo le parecía. ”Pareces una gallina desplumada”, le contestó.

“Yo me he autocensurado”, comentó cuando hablamos de su relación con el general Noriega. Cada vez que hablaba de algo controversial ponía a alguien del gobierno para equilibrar. “Llevé a Noriega a hablar de drogas” Y le pidió que llevara cocaína, marihuana, heroína al programa de televisión. Y él lo hizo. “La foto de ese programa me la sacan a cada rato”.

Mayín es una mujer de capítulos hasta cierto punto asombrosos. Entró a la política por una obsesión de un grupo anticomunista liderado por Ïtalo Antinori y Alejandro Moncada. Era representante del Corregimiento de Bella Vista, Alberto Pons, y su hermano lucía bastante cercano a Fidel Castro.

“Tú eres la única que podría ganar”, le dijeron. Y ella se lanzó. Ganó por 358 votos, que en un momento quisieron desconocer con artilugios.

Buscó a Monchi Torrijos, y por su intermedio localizó  al general Omar que estaba en Contadora y hasta allá llegó. ”Me van a quitar la representación”.

-Tú ganaste, nadie te va a quitar nada. “!Tú ganaste, tú la tienes!”.

De su relación inamistosa con el general Manuel Antonio Noriega recuerda cuando era secretaria de la Fundación de la Ciudad del Niño, formada por gremios. La esposa de Noriega era su presidenta y Mayín representaba a la Capac.

Un fin de semana fue invitada a alguna actividad en el Comando Sur y recibió una llamada de quien ella califica como ´un matón de Noriega´. La actividad era en Howard y el mensaje fue: “El general Noriega quisiera tener un acercamiento con usted”.

-¿Me quería hablar, general?

-Yo no sé, tú siempre has estado como opuesta. Se van a dar unos hechos. Queremos la paz.

Al día siguiente 6 de junio de 1987, sucede la separación del coronel Roberto Díaz Herrera del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa y su famosa conferencia de prensa donde denuncia a diestra y siniestra los supuestos desmanes del régimen y hasta confiesa sus propios pecados con la venta de visas a cubanos. El acontecimiento desemboca en la Cruzada Civilista y Mayín se la juega en la radio en contra del régimen.

Según ella, una madrugada trataron de matarla. “La gente de Balbina, la bala me quemó el pelo y se metió al auto”. Se escondió en una alcantarilla.

Una madrugada un mecánico de la fuerza Aérea le llamó para informarle que estaban organizando un avión para mandarla a ella y a Ricardo Arias lejos. “Yo me moví de piso. Había 62 en el edificio”.

Se fue a la Nunciatura y eso estaba lleno, entonces  pasó a la Embajada de Argentina. Hubo amenazas de Noriega. Estuvo ahí casi un mes con el apoyo del presidente Raúl Alfonsín.

Luego fue a la Embajada de Costa Rica, con una invitación a Mayín de la Universidad de Denver a dictar una conferencia sobre la crisis, con la que  logró salir, escoltada por una comisión de Derechos Humanos. El truco estuvo en hacer reservaciones en todas las aerolíneas y todos los vuelos. Salió directo al aeropuerto con el embajador tico. En pleno carreteo de salida  la torre de control se comunicó con el piloto para que devolviera el avión pero ya era tarde. Así salió al exilio. Era diputada del período 1984-1989. Y solo estuvo la mitad de tiempo. Regresó 20 días después de la invasión, en enero de 1990, y al otro día estaba en la radio nuevamente.

En Miami tenía una oficina y una emisora clandestina. Radio Impacto era su voz desde el exilio y sobrevivió gracias a sus columnas de opinión en el Nuevo Herald.

 

La Cabellera Blanca

Si algo ha resultado icónico en las andanzas de Mayín Correa, es su programa anual “Una Cabellera Blanca”  dedicado a las mujeres adultas mayores, y que nacieran el ocho de diciembre de 1975, Día de las Madres. La emisión de Edición Especial esa semana cayó en la fecha. Y todos se preguntaron ¿qué vamos a hacer? Consiguieron “viejitas”, patrocinadores, muchos regalos y hasta un apartamento. Fue en Telemetro y ahí nació La Cabellera Blanca.

Para Mayín este evento es la experiencia de más felicidad antes de morir de las señoras adultas mayores. Ellas son las heroínas de sus pueblos. Y la intención del programa es complacer.

El año pasado la elegida del Darién le dijo: “Tengo 60 años de vivir con este hombre, tengo 12 hijos y quiero casarme con él”.

-La voy a casar por la iglesia y por lo civil-, le aseguró Mayín. Y en la iglesia de Vía Israel, con el apoyo de su párroco se realizó una boda a todo dar. Un verdadero sueño, algo surrealista si nos atenemos a la edad de los contrayentes y la prole descendiente y viviente.

Mayín ha figurado en todas las papeletas electorales de elección popular: Representante, Concejal, Alcaldía, Diputación, Vice presidencia de la República. Ha sido Gobernadora. No tiene partido político, y cuando quiso armar el propio le salieron mal las cuentas.

Pero es innegociable en algo: su noción única de libertad es su aire. Por eso no cree que haya otra emisora en la que pudiera sentirse más cómoda que  KW Continente, donde ha dicho lo que ha querido.

Sus amigos periodistas de apellido Girado ya murieron. Iáder en un quirófano y ´el loco´ Alberto  de un infarto luego de varios años de prisión por saberse que fue relacionista del Cartel de Cali.

Ha ganado y ha perdido, ha peleado y se ha reconciliado con  varios de sus contradictores, ha odiado y perdonado. Amado y desamado. Se ha vestido de princesa y ha conocido las aulagas del sistema. Pero jamás ha dicho que se entrega, aunque parezca una gallina desplumada. Su lema: no tener amos y ser libre y soberanos.

Last modified: 20/12/2018

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