Las emociones de la vida afectiva de “Chinchorro” Carles

Written by | Crónica, Entrevista

Se trata de nuestro homenaje a un ciudadano ejemplar. Aquel que se permitió entregarse por completo a sus deseos de enseñar dejando un legado, a tal punto de perder la voz en el proceso.   Nada lo detuvo, su templanza lo llevó a administrar las arcas del Estado de la única forma que podía hacerse con medidas de austeridad y contención del gasto.  Y aunque sus aspiraciones presidenciales no vieron la luz, el estar presente en cada tema de importancia nacional fue su norte.

Hace 21 años Rubén Darío “Chinchorro” Carles abrió sus puertas a Pauta, las de su hogar y las de su corazón.   Revivimos su historia y la compartimos nuevamente con ustedes, nuestros lectores.

Entrevista publicada en la edición Nº 30 de Revista Pauta del año 1994

A sus 74 años tiene aspiraciones presidenciales y, hasta el momento, es, sin duda alguna, una de las opciones dentro del abanico electoral.

La entrevista se hizo para conocer la parte humana del candidato postulado por los partidos MOLIRENA, MORENA y Renovación Civilista, porque pese a la imagen de hombre rígido y de carácter que se granjeó como contralor, tiene corazón.

Rubén Darío Carles contó a Pauta anécdotas de su niñez en su querido terruño, Penonomé.  Recordó momentos felices al lado de su esposa y momentos difíciles, como cuando su padre murió.

“Chinchorro”, admirado por muchos y adversado por otros, tiene una belleza interior que exteriorizó  cuando rió… y también cuando lloró.

Hijo de Sixta y Rubén Carles, ambos maestros de escuela, Rubén Darío es uno de los cinco vástagos del matrimonio.  Nació en Penonomé, provincia de Coclé, el 13 de diciembre de 1920 y entre montar caballo, jugar y bañarse en el río, transcurrió gran parte de su niñez.   Una infancia sana, sin temores de drogas, y con mucho deporte, fue el contexto dentro del cual creció el controversial profesor Carles.

Recuerda, con una expresión nostálgica, las aventuras en el legendario Río Saratí, testigo de sus diarios “ir y venir” en compañía de amigos y caballos a quienes llevaban a beber agua.

Aunque es poco usual verlo sonreír lo hace diciendo: “En Penonomé nos bañábamos hasta tres veces al día.  Ahora la gente se baña solo para carnavales”.

En vista de que sus padres decidieron trasladarse a la capital, concluyó sus estudios primarios en la escuela Simón Bolívar,  donde conoció a Fernando Eleta Almarán, surgiendo una gran amistad que, hasta la fecha, se mantiene.

Concluía la primaria, ingresa al Instituto Nacional donde seis años más tarde se gradúa con puesto de honor.  Esta etapa de su vida está también revestida de recuerdos imperecederos en la clara memoria de Rubén Darío Carles.

 

El Gatito tiene su historia

Terminando la primaria, Carles no olvidará que el único encorbatado del salón era Fernando Eleta Almarán.  A la edad de 12 años, su tío, Eladio Grimaldo, le regaló sus dos primeras corbatas de lazo.  A partir de ese momento, siempre las ha utilizado; inclusive, cuando cursaba la secundaria, pues era parte del uniforme que consistía en camisa blanca, pantalón arriba de la rodilla, medias altas y un par de zapatillas “japonesas” que Carles no olvida porque costaban .60 centésimos.

A medida que avanzaba el tiempo, el profesor, se hundía más en sus recuerdos y olvidándose un poco del constante movimiento humano dentro de su Centro Político, nos relató una anécdota de su vida como estudiante en el “Nido de Águilas”:  “En aquel entonces el rector del Instituto era Richard Neumann y como el plantel tenía tres puertas, él cerraba dos y en la única que quedaba abierta se paraba a inspeccionarnos el uniforme.  Una mañana entré con la corbata mal puesta y me dijo: ¡Usted, párese allí! ¿Su papá no le ha enseñado a hacerse el lazo?  Al yo contestarle que no,  él se colocó detrás de mi y me enseñó”.

Deshaciéndose el lazo y volviéndose a hacer, Carles hizo gala de su destreza y concluyó diciendo: “Si me hago la corbata frente al espejo, me ahorco”.

En los casi cuatro años que estuvo frente a la Contraloría General de la Nación, se proyectó como un hombre extremadamente cuidadoso de las Arcas del Estado.  Banquero de carrera por lo que puede ser catalogado como un “hombre frío”, Carles es igualmente austero en sus gastos personales y para muestra dos botones: lo más caro que ha pagado por una corbata son 27 dólares y por un corte de cabello  0.50 centésimos.

El “gatito” se ha constituido en parte del “gimmick” publicitario porque realmente lo identifica.  Al lanzarse públicamente como candidato presidencial, lo hizo sin partido que lo respaldara por lo que la corbata se convirtió en el logo que creaba esa relación directa entre el candidato y el símbolo.

Nuestra campiña interiorana se caracteriza, entre otras cosas, por su afición a ponerle motes o sobrenombres a las personas.  Muchos de ellos onomatopéyicos.  Rubén Darío Carles no escapó de esa realidad y desde muy niño lo bautizaron como “Chinchorro”.

Muchas son las explicaciones del sobrenombre.  El candidato, de viva voz, contó a Pauta la verdadera razón:  “Para aquella época la gente moría de lombrices. Estando yo de meses, mi madre contrajo malaria y al aplicársele la quinina, la leche materna se puso amarga y yo no comía.  Me puse tan flaquito que parecía hamaca y como a las hamacas se les conoce también como “chinchorro” de allí el sobrenombre.  Le digo más: Tampoco podía tomar leche de vaca, así es que me dieron leche de yegua”.

Los esfuerzos de los esposos Carles para darle una educación secundaria a su hijo, sirvieron de motivación para que éste continuara su superación.  En 1943 culmina su carrera universitaria titulándose en Economía en la Universidad de Panamá.

Mientras transcurrían las jornadas universitarias, Carles trabajaba para ahorrar y poder irse a los Estados Unidos en busca de una maestría, sueño que cristalizó  en el año 1945, en Northwestern University, Chicago.  Pero aquí no termina la educación del inquieto profesor.  No le bastaba lo obtenido y sentía la necesidad  de aprender más por lo que en dos ocasiones volvió a estudiar Economía en la Universidad de Columbia en Nueva York.

Ese constante nutrirse de nuevos conceptos, aplicaciones y técnicas económicas, se convirtieron en su mayor activo.  Por 35 años perteneció a la organización Chase Manhattan Bank en diversos países, tales como Honduras, Venezuela, Brasil, Estados Unidos y Panamá.

Paralelo a su carrera de banquero en Panamá, sentía que tenía un deber con la nueva generación que recién comenzaba a formarse y decidió aceptar la cátedra de Economía en la Universidad de Panamá y en la USMA en la Facultad de Derecho,  Ingeniería y Administración Pública y Comercio, donde por muchos años impartió sus clases a los más de 200 estudiantes que cada día llenaban los auditorios.

“Ahí perdí la voz. Fue a consecuencia de un resfriado que descuidé y seguí dando clases.  Por eso hoy no hablo con las cuerdas, sino con las bandas”, comentó.

El prestigioso banquero considera que aprendió más cuando se desempeñó como profesor que cuando fue estudiante.   No olvida sus pupilos y aunque hoy muchos de ellos lo adversan, él  los recuerda gratamente.  Citó a algunos como Carlos Iván Zúñiga,  Juan Materno Vásquez, Rómulo Escobar Bethancourt,  Renato Pereira,  Gerardo González y César Martáns, entre otros.

 

Recuerdos que estremecen

Entre Estados Unidos, Venezuela,  Honduras y Brasil, y con un constante abrir y cerrar maletas se cumplieron los ocho años que Carles vivió en el exilio a consecuencia del golpe militar de 1968.

A mediados de 1981,  finalizó el destierro bajo una circunstancia muy triste que narrada por la entrecortada voz de Carles, nos convirtió en testigos de su profundo en insuperable dolor: la pérdida de su padre.

Las lágrimas derramadas al recordar ese momento, que calificó el más difícil”, se convirtieron en indicativo de su capacidad de sentir y de amar desvirtuando, quizás, el calificativo de “insensible” y “extremadamente severo” que muchos le han querido adjudicar.

En medio de su vivo dolor, Carles se remonta al pasado recordando las veces que le pidió a Omar Torrijos que le permitiera entrar al país para estar junto a su padre los últimos días de su vida.

Apelando al hombre a quien cuando niño su padre había bautizado, y no a su adversario político, le pide a Torrijos que lo deje regresar, sin embargo,  considera Carles que el Jefe de la Guardia Nacional lo que quería era humillar a su padre pues la respuesta a la petición fue de que si él se lo pedía (el padre de Carles),  lo dejaba entrar.

A los pocos días del fallecimiento  del maestro Rubén Carles, a los 87 años, el mundo entero recibe la noticia de la desaparición del avión donde Torrijos realizaba lo que él llamaba “patrullaje doméstico”.   El 31 de julio de 1981, se confirma la trágica muerte del general Torrijos, que trece años atrás,  un 11 de octubre de 1968, encabezara el movimiento golpista que derrocara a Arnulfo Arias Madrid para dar paso al régimen militar que tuviera su fin el 20 de diciembre de 1989 con la invasión de Estados Unidos a Panamá.

Carles no sabe definir si así fue la vida,  el destino o Dios el responsable de la desaparición del líder octubrino,  lo que sí precisa y tiene aún a flor de piel es lo que significó, a nivel personal, lo que él catalogó como una humillación.

 

Encuentra el amor

Los deseos de superación del candidato absorbieron muchos años de su vida por lo que la decisión de casarse  y  formar una familia la tomó a los 37 años de edad siendo, ministro de Estado.

Agradecido de Dios por haberle dado tantas bendiciones y oportunidades, Carles considera que el momento más feliz de su vida han sido los 37 años de matrimonio con Querube.  Para él,  su esposa ha sido la mujer completa y fiel compañera que ha sabido comprenderlo y motivarlo en todo momento.

Lo acompañó durante los ochos años de exilio y su dulzura y entereza ante la adversidad, contribuyeron enormemente al fortalecimiento de su relación de pareja.  A pesar de no tener hijos en común,  Carles considera como suyos los dos del primer matrimonio de esposa.  Sus nietos significan mucho en su vida con evidente orgullo hace alarde de tener nietos niños y nietos universitarios.

“Chinchorro” un hombre sin vicios,  que siempre se caracterizó por sus largas caminatas al despuntar el alba y quien prefirió “quedarse en casa” leyendo un buen libro,  en lugar de aceptar las ofertas que en repetidas ocasiones le hiciera el Chase Manhattan Bank para afiliarse a cualquier club social, tiene por herencia el privilegio de la longevidad.  Su madre cuenta con 101 años y como él bien dice:  “Hay Chinchorro para rato”.  Se considera un hombre más tímido que extrovertido y aunque no tiene nada de qué apenarse no le gusta andar luciéndose.

Para Pauta ha sido gratificante conversar con Rubén Darío Carles y haber podido escudriñar dentro de él hasta tocar esa fibra humana que lo hizo estremecer.

Las tres ocasiones en que se desempeñó como ministro de Estado en las carteras de Agricultura, Comercio y Hacienda y Tesoro, el haber servido como miembro de diversas juntas directivas en varias empresas del país;  su labor como banquero en el Chase Mahattan Bank en el Dadeland Bank de Miami y su papel como Contralor General de la Nación hacen de Rubén Darío Carles uno de los candidatos con mayor preparación  para regir los destinos del país.   Sin embargo,  en política esto no es suficiente.

El triunfo, dicen los entendidos  en la materia,  dependerá de su propuesta  y discurso electoral.  Gane o pierda ,  “Chinchorro” es un triunfador  que ha aportado a Panamá sus conocimientos y experiencia y ha demostrado a lo largo  de su vida que la riqueza del ser humano no se mide contra plazos fijos,  sino contra la honestidad y la capacidad individual de dar lo mejor de cada cual en aras del crecimiento  personal, social,  económico y cultural  de un país.

Last modified: 20/12/2018

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