Laffit Pincay, el montador de caballos se confiesa dos veces

Written by | Crónica, Entrevista

Hace poco más de una década, Rubén Murgas Torrazza, llegó apresurado a un almuerzo privado al que no había sido invitado. El motivo era la despedida de vacaciones del archifamoso jinete panameño Laffit Pincay, quien emprendía esa misma tarde su viaje de regreso a los Estados Unidos, donde ha vivido por más de cincuenta años.

 

Por: Jorge Iván Mora

Fotografía: Archivos/

 

El lugar era la casa de Jorge Isaac Chandeck y entre los comensales se encontraba Mitchel Doens, y amigos eternos de Pincay como “Papito Arosemena”, “Rumba” Alfaro y Carlos Guevara.

 

El hombre que sirvió de cómplice a Rubén fue Mario Rognoni y le hizo el gran favor de colarlo en la mesa, justo a la diestra de Laffit Pincay, para que no se quejara de la vuelta. De modo que el plato quedó servido.

Hace pocos días, en el programa de radio Zona de Tertulia (KW Continente), que se emite a diario de 6 a 7 de la noche, dirigido por Murgas con el acompañamiento de Iván Degay y Víctor Álvarez, apareció como invitado sorpresa el legendario jinete panameño. El montador no llegó colado.  Esta vez el soplón fue “Papito” Arosemena, quien en uso de su notable amistad de infancia con Pincay, lo llevó a la emisora a petición de Murgas. Y ahí, en vivo, armaron la tertulia.

Vale decir que Pincay es tan profesional y amistoso, que para dar rienda suelta a su relato, llegó con una hora de anticipación a la estación de radio y con el tiempo suficiente como para narrar en 54 minutos gran parte de su vida y obra, desde su condición humana, donde él no habló de sus éxitos sino de sus vivencias.

 

UNA SOLA HISTORIA

De aquel viejo almuerzo, Rubén había observado que el más chaparro era el propio Pincay. También el más delgado y el más liviano, y a su vez, el gigante, el diestro, el dominador, el orgullo y la razón de aquella tarde privilegiada.

 

En uno de esos momentos súbitos que ocurren en los almuerzos sociales, el silencio se apoderó del ambiente y Murgas metió la cucharada. – ¿Su mayor sacrificio? – le preguntó.

-El peso era una tortura –dijo Pincay- mirando en redondo con el cielo despejado de sus ojos-. Y confesó que luego de abandonar las pistas hípicas de los Estados Unidos, hacía más de cinco años entonces, su mundo era diferente, disfrutaba más su dieta, comía cosas más nutritivas, aunque siempre gozó de las buenas viandas que no le ayudaban en el cumplimiento de ese régimen alimenticio severo al que se someten los jinetes de cartel para poder montar a sus millonarios corceles.

 

Recordó que cualquier día fue a un McDonald’s, pidió un emparedado, lo probó, lo masticó y lo escupió. Y que como a los cinco meses de estar en dietas rigurosas comenzó a vomitar la comida normal que probaba. Se ponía tan débil que si probaba una hamburguesa se sentía mal y vomitaba. Sin embargo, admitió que esto de vomitar también es una técnica para saborear los alimentos, que divierte cuando se está en el acto de ingerir, pero que luego, al botarlo, se experimenta la sensación de culpa.

 

En la tertulia volvió a mencionar este tema de la dieta y le colocó peso. Confesó que llegó por primera vez a Estados Unidos a pelear con la balanza y tuvo que acomodarse a 117 libras para poder practicar la monta como la hípica lo demanda. Comía muy poco. Desayunaba con una tostada o un huevo. No podía pasar de 112 libras cuando llegó a California, pero se acomodó.  Hoy, en aire de jubilado, posa para las fans con 130 libras de peso, cocina a su gusto la avena y el trigo, mantiene la cultura de los vegetales, las nueces, frutas, carnes sin grasas. Se ‘arranca’ de vez en cuando con champaña, vodka o vino, y no se atreve a comer chicharrón. Pero cuando viene a Panamá, no puede renunciar a comerse una tortilla frita. Ese es su gran pecado y su lujo gastronómico.

 

Fue contratado en 1966 por Fred Hooper, uno de los más grandes criadores de caballos pura sangre en los Estados Unidos y el mundo hípico internacional. El intermediario local fue Ramón Navarro Díez, pionero de la hípica panameña.  Fue hasta la casa de Pincay, quien a la sazón vivía con su madre en el área de San Felipe y pidió permiso para llevarlo a Estados Unidos y presentarlo. El milagro ocurrió.

 

Pincay, ingresó al mundo de la hípica mientras soñaba con ser beisbolista profesional. Pertenecía a la selección panameña de baseball infantil y llegó de Nicaragua ilusionado porque triunfaron y obtuvieron el título regional. Jugaba como segunda base. No quería ser jinete. Su pasión era la pelota caliente. No se sabe cómo ocurrió específicamente, pero en algún momento insospechado, tal vez de tanto observarlo en las prácticas, el coach, le dijo: “Tú puedes ser buen beisbolista, pero puedes ser un buen jinete”. Y terminó en el hipódromo, a cargo de un hombre de gratos recuerdos para Laffit, el entrenador Bolívar Moreno, montador destacado en su momento, recordado por su mucho coraje, y quien tuvo que abandonar la monta por un accidente. A Moreno le incrustaron una plaqueta de platino en el cráneo y se quedó en el hipódromo entrenando jinetes.  Y como entrenador repetía a Pincay: “Usted siempre esté preparado, porque nunca sabe cuándo necesita toda su energía”.

 

EL CABALLO Y EL JINETE

En el almuerzo tuvo ocurrencia una narrativa singular. Explicó que hablar con el caballo por primera vez es otra historia porque es como si alguien, para el caso el trainer, lo presenta con otro que va a ser compañero o compañera de aventura y anticipa detalles. “Este es así… este es de tal manera, o tiene tales mañas…”

 

La destreza del jinete es aprovechar la información primaria sobre el caballo y con esas formalidades propiciar una nueva relación en la que ambos, caballo y jinete, aspiran a ser ganadores. Así es la amistad y así funciona el negocio. Lo que no se dice a voz en cuello es que para ganar se necesitan los dos, aunque unas veces gane el caballo y otras lo haga el jinete. El primero lo hace la mayoría de las veces, pero hay jinetes que logran una monta excepcional y pueden hacer la diferencia, especialmente cuando están montando con energía y confianza.

 

Por eso habló de pegar a los caballos. La rabia del jinete por el capricho del caballo. La ruda amistad entre el uno y el otro. Lo comentó almorzando.

 

En la tertulia fue más sabio. Dijo que había que saber pegar a los caballos. “A veces tú montas un caballo y lo haces mal. Y luego crees que lo vas a hacer bien y lo haces correr de un modo. Y con todo y eso pierdes”.

 

Esas decepciones que provienen del sufrimiento de querer sacar ventaja de un caballo favorito que tiene muchos pergaminos y sangre muy pura, y de no poder satisfacer al público, a los aficionados y apostadores, ambientan una manera filosofal de administrar la relación caballo-jinete. Y Pincay la resume muy bien: “Nunca me enamoré de los caballos. Les pegaba demasiado”.

 

Ya Rubén Murgas le había oído decir por su boca, en casa del señor Chandeck, que hay unos caballos que quieren ganar carreras y otros no. Hay unos que se paran adelante, antes de coger la punta, y se paran de repente a esperar el pelotón. Y si en esos momentos el jinete hubiera dispuesto de arma de fuego, le pegaría un tiro al caballo porque con la exposición de tales caprichos en plena carrera, a la fija se pierde.

 

Le sucedió una vez a Pincay y después de la meta, tomó un palo y le pegó al rebelde cuadrúpedo. Lo multaron y ni así pudo contener la rabia. Eso fue por los tiempos en que tenía un genio difícil. O jodido, como el mismo lo caracteriza.

También sucedió que muchas veces sentía que iba a ganar y así pasaba. Era la seguridad de conocerse porque entre más un jinete monta un caballo, más rápido y fácil se da cuenta cómo es. Y otras se equivocó, algo andaba mal y en ese momento no lograba atinarle a lo que sucedía.

 

Esto en cuanto a los caballos perdedores o a las carreras perdidas. Pero también se pierde con el público. No todo en sus presentaciones fueron aplausos. Todavía le resuenan las tremendas silbatinas y abucheos cuando uno de sus caballos favoritos perdía en el último segundo. La gente protestaba, se olvidaba del palmarés del jinete, de sus triunfos anteriores o de su fama. Lo insultaban con rabia mayor.

 

Un día estaba montando un caballo de Baby Franco y ese caballo siempre perdía. Pincay lo montó cuatro veces y cuando parecía que iba a ganar se lo llevaban por delante, lo superaban en los segundos finales. Entonces lo montó otro jinete nada desconocido, Willy Shoemaker y lo hizo ganar. Ocurrió un sábado. La noche del domingo los dos jinetes, como de costumbre, salieron de juerga y Laffit le preguntó: ¿Qué le hiciste a ese caballo? Yo le hice de todo. Y Shoemaker le respondió: “Tú no le ganas a ese caballo porque le pegas muy duro. A ese caballo no le gusta que le peguen. Yo le pego suavecito. Tú le das tan duro que se te vira. Por eso no le ganas”.  Shoemaker lo notó cuando en una carrera anterior iba detrás de Pincay en el forcejeo de la punta. Luego consiguió la monta de ese caballo y ganó.

 

LOS JINETES Y YO

En una crónica de portada de la Revista Time, otro jinete de leyenda de la segunda mitad del siglo XX estadounidense, William John Hartack Jr., fue descrito como el montador que se llevó mejor con los caballos que con las personas. Sintió una antipatía incurable por los cronistas hípicos. Los consideraba charlatanes. Y de sus colegas de la fusta pensaba: ”Ninguno de ellos son mis amigos”.

 

“Esa fue su manera frente a los humanos de su mundo”, reseñó la revista. Y de ahí que siempre estuvo en guardia contra todos. “En cambio, se llevaba mejor con los caballos”, concluyó el artículo de la prestigiosa publicación.

 

La tarde de los comensales, sus amigos hablaron de caballos familiares. De montas en el patio y de carreras emocionantes donde algunos dejaron huella de campeones insuperables. Mencionaron a Secretariat, el día que murió a causa de un estrellón con las barandas de la pista. Apareció en la memoria el primer clásico que ganó Pincay con la yegua Pindín ante Rukia, con la que hicieron un match race, la modalidad de carrera que enfrenta solamente a dos competidores, uno contra otro y en la que uno vence y otro pierde. Y esa vez ganó Pindín. Ganó Pincay.

 

¿Hay envidia en la hípica? ¿O rivalidad?  – Lo que hay es rivalidad y competencia, casi siempre en la pista-, respondió. A veces, cuando se pierde, el jinete acostumbrado a los triunfos va de mal humor fuera de la pista. Y cuando le dicen algo que no le gusta entonces se va a los golpes. Le sucedió antes. Ahora los jinetes no se pelean tanto, son más tranquilos, para fortuna del espectáculo. “Me llevaba bien con los jinetes”, rememora.  Y menciona con respeto los nombres de Víctor Tejada, “Calicho” Vásquez, Guillermo Millord, Pastor Mena, Dilio Long, en Panamá. Y su amistad estrecha con Willy Shoemaker. “Su mujer y mi mujer iban juntas a todos lados y cenábamos los fines de semana en el restaurante Chaison de Beverly Hills, sin falta.  Íbamos a celebrar nuestros triunfos”.

 

Pero confesó con muy buena vibra que con Frank Olivares se agarró a trompadas como en tres ocasiones, y hoy, superados los malos humores, son grandes amigos y comparten muchas cosas. Se ríen de aquellas peleas.

 

EL DINERO Y LA FAMA

Fue por las proezas aquí descritas y tantas por relatar es que Laffit  Pincay  asomó a la fama y desde entonces carga con ella.

 

La fama…la fama…la fama… Murgas sintió curiosidad ¿qué pensaba Pincay de ella?. Le preguntó saboreando el postre del almuerzo y lo volvió a hacer con el micrófono abierto y con alas de viejo radioperiodista, calculador y marrullero. “La fama nunca me afectó. Es bonito que te atiendan bien. Siempre conservé los amigos y voy por donde yo nací, en San Felipe, cuando vengo a Panamá, porque me encanta recorrer esos lugares.”

 

Pincay, mejor que nadie sabe que no se puede confundir la felicidad con la fama ni el dinero con la felicidad. De todo eso sabe muy bien, porque pasó de vivir en un cuarto estrecho con su madre en la popular barriada de San Felipe a dormir en los mejores hoteles de los Estados Unidos, vivir y frecuentar las zonas más exclusivas de sus ciudades emblemáticas, como Beverlly Hills en California.

 

Por eso afirmó que “no todo el tiempo es felicidad y que solo hay tiempos felices”. En dos años de estancia en Panamá, como jinete, pasó de la precariedad a la gloria. Llegó a ganarse entre ochocientos y mil doscientos dólares semanales, suficientes para darle un vuelco a su vida personal y familiar. “Llegué a ganar más sueldo que el presidente de la república en esa época”.

 

Adquirió bienes, aunque lo primero que hizo fue comprar una casa a su madre en el área de Betania. Compró otras, disfrutó de los autos que quiso, ¿y cómo no?, se arrancaba de vez en cuando.

 

Eso demuestra lo que ha significado la economía que mueve la hípica. Es un mundo rico. En la tertulia, Pincay no ocultó que la pasa bien. Hay holgura y sus penas desaparecieron hace por lo menos medio siglo. Casi nunca tomó vacaciones en Estados Unidos, pero el calendario hípico le permitió hacer uso de días vacantes, apropiados para tomar un avión, irse a descansar a Hawai, en el Pacífico, o a otro lugar del norte o del mundo.

 

Le gustó la fama, si, y en sus gestos de montador deja saber que le sigue gustando, pero no se siente afectado de una manera que se fuera a olvidar de sus amigos. Lo evidenció en aquel almuerzo y lo confirmó en la tertulia.

 

EL RETIRO

Alguien espetó que si después de haber ganado carreras de tres millones de dólares lo haría por cuarenta mil. Eso fue entre platos y cubiertos. Y Pincay narró que una vez hicieron una carrera para recoger fondos, montó esos carritos de paso o carretones que son halados por un caballo, jalan duro y parecen tractores. Ya había ganado dos carreras, eran seis jinetes más y los iba pasando y de repente su caballo se cayó, voló con carro y todo, salió volando, le dolía todo el cuerpo. Lo ayudaron, se levantó, llegó a la ambulancia y se dio cuenta de que se había quebrado la clavícula.

 

Cuando fue a montar de nuevo y regresar a las carreras en los hipódromos, empezó a decaer. Se puso débil, no se podía levantar. Quizá se debió a la dieta. Ironías del destino. Y se retiró. Una completa sorpresa. Estaba tratando de volver a montar y los doctores le recomendaban que se retirara, y lo obligaron. “Cuando yo me caí, que yo creí que iba a montar de nuevo y descubrieron que yo tenía el cuello partido, a la semana o dos semanas me llamó Shoemaker y me dijo: “como amigo yo te voy a pedir que no montes más, porque tú no sabes lo que es quedar paralítico, no tienes idea lo que es vivir en una silla de ruedas, esto es un martirio”.

 

Pero Laffit Pincay no le hizo caso, iba a montar de todas maneras, le dijo que lo iba a pensar. Finalmente se retiró. Los doctores lo obligaron, y aunque le molestaba, debió ser una buena decisión. Para el mundo de la hípica es más victorioso un Pincay saludable, pero recoge fondos en cenas exclusivas o relata su vida en almuerzos y tertulias, que registrarlo paralítico.

 

EL GANADOR

De los apuntes que se convirtieron en la crónica de “Un almuerzo a la carrera”, quedan otras pistas que describen la personalidad y las vivencias de Laffit Pincay. Pero de la tertulia, escaparon por las ondas herzianas sinceramientos de montador.

 

Se ha casado dos veces, pero en su primer matrimonio no era buen esposo. Tuvo dos hijos. “En el segundo matrimonio fui muy buen esposo”. Ahora está solo. Es soltero muy feliz.

 

Y en un aparte, Rubén Murgas celebró que “los chaparros tienen su pegue”, como tirando un cobertor que también lo cobijara.  Laffit, rió y efectivamente confirmó: “Las altas gustan de los chaparros y a los chaparros nos encantan las mujeres altas”.

 

Se refirió a su hijo del mismo nombre, que ya es comentarista de carreras en California y entrevistador en Kentucky. Pincay,  soltó la perla de que tenía miedo a los caballos. Los veía gigantes y él sumido en la brevedad de la estatura. “Uno se propone y el miedo uno lo vence”.

 

Llegó a montar nueve caballos en un solo día. Iba de carrera en carrera. Lo transportaban en helicóptero de una ciudad a otra, de un hipódromo a otro.

 

Por eso sabe ahora que la hípica ha decaído mucho. Antes se celebraban carreras cinco días a la semana todas las tardes, ahora solo tres.

 

Antes competían hasta catorce caballos en una sola carrera, ahora lo hacen solo seis o siete. Las oportunidades para los jinetes son menos. Y esto ocurre en todos los escenarios hípicos que sobreviven en el mundo.

Pero se mostró complacido con la Escuela de Jinetes Laffit Pincay, fundada en la capital istmeña, y comentó que habla con los chicos sobre sus experiencias cuando viene al país.  Dicta una charla con ellos sobre el particular mundo de los jinetes. Religiosamente, viene todos los años a participar en el clásico que lleva su nombre.

 

Ha pertenecido en Estados Unidos a una unión o comité de jinetes, un jockey club, creado para ayudar a otros. “Hay muchos en sillas de rueda. Ando viajando para darles muchos beneficios. La gente paga por estar conmigo en una mesa o con otros montadores famosos y damos autógrafos”.

 

Juega al golf y le encanta. En una oportunidad su bola cayó al otro lado de un alcantarillado en un campo de golf de California, saltó, pisó en falso y se quebró la clavícula.

 

Tiene un libro y Murgas se encargó de repasar que en la memoria que financió el Canal de Panamá y dirigió Jorge Eduardo Ritter, allí aparece su perfil. Está también en lo de una película.  Con alguna nostalgia confiesa que quería seguir montando hasta que su cuerpo no diera más. Después se le fue toda la pasión de montar caballos importantes. No tenía la energía.

 

Es miembro del salón de la fama de Nueva York. Tiene en su contabilidad 9,530 carreras ganadas, un récord de más de 450 obtenidas por año. Y una promesa cumplida a su amigo “Papito” Arosemena: romper el récord de mil carreras.

 

Hay algo que mucha gente desconoce. Sobre los 50 minutos en serie de la tertulia, Rubén preguntó: “Laffit…¿has manejado bien las finanzas?”.

 

-En un tiempo me fue muy mal. El que era mi agente de negocios, después de haber montado durante más de 20 años me entero de que todas las inversiones no sirvieron. Le puse una demanda, hace 27 o 28 años que eso está en la Corte.  El hombre se declaró en bancarrota. Yo gané. Al final voy a recuperar algo. Ahí estamos peleando la bancarrota. Yo estoy bien. Gracias a Dios, no tengo que trabajar el resto de mi vida. Tengo mi carro, tengo mi casa. Tengo de todo. Y lo más importante: tengo a mis amigos. Y entonces habla de “Papito” Arosemena, Carlos Guevara, “Rumba” Alfaro, y uno que ya murió recientemente, Blas Veccio, quien fue su primer protector en Panamá, un hombre mayor al que le profesó siempre lealtad y respeto.

 

Los hombres de Zona de Tertulia, en KW Continente, Iván Degay,  Víctor Álvarez y Rubén Murgas,  escucharon a Laffit Pincay responder sus preguntas sueltas y comentarios durante cincuenta minutos seguidos. En el fondo, una cortina musical rememoraba episodios de grandes carreras que ganó en escenarios de América Latina y los consabidos de Estados Unidos. Su exposición anecdótica o histórica quedará para otro momento. Otra conversación, sincera y desabrochada, porque Pincay, cuando quiso hablar de sus divorcios, una de esas cortinas lo interrumpió. Se había acabado el tiempo al aire. Entonces llamó después a Murgas para decirle: “Me debes una, porque la respuesta te la doy a la vuelta”. Es el presagio de una nueva tertulia. O de pronto un almuerzo, sin que Rubén Murgas tenga que colarse.

Last modified: July 13, 2017

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