Organizando mis vidas

Written by | Así Lo Hice

Recibo una llamada: “Hanna, ¿te interesaría escribir para revista Pauta?” Por supuesto, respondí. “Empieza tu historia desde el inicio, tienes mucho que contar desde que quedaste viuda”. Esa última frase me trastocó, porque fue justo en ese momento cuando empecé otra vida, y no fue la primera: tuve otras también. Acto seguido, me paralicé frente a la computadora y comencé a repasar por mi mente la película de mis vidas, a la que pausé para transcribir el contenido que les comparto.

Por: Hanna Chávez

hannateorganiza@gmail.com

Tengo 49 años, estudié publicidad. Me encanta la vida y la gente. Pasear me hace feliz. Detesto los gritos y las peleas. Amo bailar, me gusta la salsa, el típico de Osvaldo Ayala. Soy súper extravertida, hago amigos fácilmente, relajada, demasiado optimista, y ocurrente; pero por encima de todo, soy mamá.

En la primera vida, justo a los 21 años me casé. Luego quedé embarazada de Carola -mi mayor obra-.  Después de ocho años de feliz matrimonio, en un domingo como cualquiera comencé otra vida. Mi esposo salió con Carola a jugar básquet con nuestras amistades, mientras yo terminaba un trabajo que debía entregar a primera hora del lunes. Se suponía que más tarde íbamos todos a almorzar en un ambiente familiar.

Entonces recibo la llamada de una de mis primas, pero no era la que esperaba para confirmar que iríamos a comer, sino que me indicaron que debíamos ir al hospital porque a mi esposo le había dado un dolor en el pecho, nada importante, pero que iban a recogerme. Sin embargo, un infarto en el miocardio izquierdo se lo llevó. En ese momento, mi vida se detuvo. Solo quedábamos mi hija, yo y 73 dólares que él llevaba en la cartera.

Ni contarles cómo fueron los meses siguientes. Eso sí, jamás dudé de que mi misión en la vida era echar para adelante con mi hija, porque era el legado que él me había dejado y debía cuidarla y hacerla una mujer de bien, en su honor. Se lo prometí y sé que él hubiera hecho lo mismo de ser al revés.

Con la ayuda de mi tío Tomás, que era mi amigo, mi consejero, como mi papá, pude avanzar un poco. Solo habían pasado dos meses de la muerte de mi esposo cuando el cáncer le ganó la batalla a mi tío. Ahora sí mi mundo estaba en un limbo, no tenía a mi esposo y encima ya no tenía a alguien que me apoyaba.

Mi primera otra vida

Después de las pérdidas, fueron varias citas al psicólogo y etapas de duelo doble para poder verme fortalecida. Luego me dediqué a trabajar y hacer carrera en el mundo de la publicidad. Pasé por varias agencias de publicidad donde ocupé diversos puestos, desde asistente de medios hasta directora de cuentas, y después llegó una gran oportunidad.

Me fui a trabajar como gerente de ventas de un medio de publicidad exterior, era el trabajo soñado. Conocí gente maravillosa, que hoy siguen siendo mis amigos, viajaba, tenía un súper buen salario, libertad de tiempo, podía darme gustos, me compré un apartamento y hasta pude enviar a mi hija a estudiar afuera.

Dios me estaba recompensando todos los malos momentos que había pasado (pensaba ingenuamente), sin la más mínima preocupación de que ese trabajo perfecto pudiera dejar de existir algún día.

Pero el castillo de azúcar se empezó a derrumbar.  No sólo en lo laboral, sino en lo personal también. Mi segundo matrimonio no estaba funcionado y se inició un proceso de divorcio. En lo profesional, la empresa para la cual laboraba comenzó a tener problemas con las autoridades sin causa justificada.

De esa manera, mi vida dejó de ser la que yo quería para convertirse en la que Dios me tenía planificada. Sin empleo, entré en desesperación buscando otro trabajo que mantuviera el estilo de vida que estaba llevando. Hoy me doy cuenta de lo equivocada que estaba, y logré conseguir aunque sea para pagar las cuentas.

Mi vida en picada

El aceptar que estaba perdiendo la felicidad después de tanto dolor fue peor. Había comprado mi propio apartamento y eso me daba orgullo. Sin embargo, me tocó con dolor en el alma devolvérselo al banco porque no podía pagar la hipoteca. Hasta el auto tuve que venderlo para que mi hija pudiera terminar sus estudios.

Aquí comencé mi segunda vida. En el nuevo trabajo viví un calvario. Era una empresa familiar  en la que los directivos no se ponía de acuerdo y tenían discusiones en pleno trabajo. En eso, mi jefe me dice que me iba a liquidar y que en tres meses me recontrataba, pero que, mientras, debía seguir de gerente del equipo de ventas. No podía creer lo que me estaba pasando. Eso fue una señal y me dije que no voy a trabajar más para nadie más.

Por supuesto que lloré defraudada. No tenía casa, no tenía carro y no tenía trabajo. En ese momento vivía alquilada con mi hija, a quien no podía mirar de frente. No era el ejemplo de mujer fuerte que le había enseñado y que quería que siguiera.

A pesar de todo, tenía esperanza. Mi hija estaba sana y Dios me envió otra oportunidad amorosa. Este hombre me ayudó a encontrar la paz y me propuso mudarme a su casa. Me costó tomar esa decisión porque me veía derrotada y porque mi hija prefería vivir con mi mamá porque le quedaba más cerca del trabajo. Acostumbrada a vivir con ella, mi corazón se hacía añicos.

Mi tercera vida

Por algo dicen que la tercera es la vencida. En esta nueva etapa me encontré, me repuse, emprendí y soy feliz. Claro para llegar aquí hubo obstáculos.  Pase muchos meses hundida en la depresión, en una casa que no era mía y lejos de mi hija. Sin embargo, me dejé consolar, proteger y consentir. Fue entonces cuando entendí que las cosas debían cambiar, empecé por arreglarme y darle mi toque a la casa, al final es el lugar donde vivía, me dije.

Luego inicié un proyecto con mi pareja, armé todo en power point y se lo presenté. Él me apoyaba, así que en pocos meses estuve en Miami comprando ropa para mujeres “curvys” que revendería aquí. Como buena publicista, creé un nombre y una estrategia de mercadeo. Mi hija, que es diseñadora, me ayudó con el logo, las tarjetas y con todo inicié.

Sin saber emprender, me tiré al ruedo y hasta un local tuve. Claro para empezar una empresa necesitas más que publicidad. No tenía un plan de negocios, ni costos. Las clientas querían comprar a crédito y al no ver un retorno de la inversión me apagué.

Fue entonces cuando el Programa de Voces Vitales llegó a mi vida gracias a mi hija. Ella me contó que ahí les ensañaban a las mujeres emprendedoras a cómo hacer crecer un negocio. Así que me propuse llenar los formularios y muy pronto me llamaron.

Entre al Grupo 10 de emprendedoras y mi vida cambió por completo. En la segunda clase, cuando la profesora dijo que en un emprendimiento debe haber pasión en lo que se hace, me di cuenta enseguida de que yo no tenía eso vendiendo ropa. De esa manera, me hice un examen interno y busqué y busqué hasta encontrar algo que me apasionara.

Finalmente, corroboré que mi pasión en la vida es ser feliz, pero de felicidad no se vive, ni se pagan las deudas. Así que me pregunté qué era lo que potenciaba mi felicidad para convertirlo en emprendimiento. Descubrí, entonces, que si había algo que cambiaba la dulzura de mi carácter era el desorden, las cosas mal puestas, los cajones revueltos y la desorganización.

Fue así como inicié una investigación que duró varias madrugadas, en la que mi corazón saltaba de emoción sintiendo que esa era mi pasión.  Organizar espacios, arreglar, mejorar y que todo se vea bonito.

Así es como nace Hanna Te Organiza. Me certifiqué y dediqué a sacarle lo mejor al programa de Voces Vitales. Definitivamente, era la oportunidad de mi vida. Me enseñaron a emprender bien, con plan de negocios, con plan de costos, saber de flujo de caja y a proyectar ventas. Actualmente somos una empresa pequeña, pero con el plan de expandirnos a través de metas y planes.

Como emprendedora, quiero seguir capacitándome y ayudar a todo el mundo, porque más allá de organizar cajones y closet, somos un negocio cuyo objetivo es ayudar a las personas a encontrar la paz que necesitamos en nuestros hogares, a través de la limpieza y la organización.

Mi mensaje para las emprendedoras es que deben ser fuertes y que aprovechen cada oportunidad, que, aunque caigan, siempre se deben levantar.

Llegué al lugar indicado, en el momento correcto. Y valoro todo por lo que pasé, ya que me preparó para entender las prioridades de mi vida y por supuesto para siempre ayudar a los demás que es lo que más te recompensa. Ahora doy gracias porque mi final es feliz: Mi hija me mira y me dice que está orgullosa de mí.

Last modified: 08/03/2019

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