Ricardo Gago Salinero: El Guardían de las Iglesias

Written by | Entrevista

Por: Jorge Iván Mora

Fotografía: Jorge Rubio

Nació en 1955, pero sigue siendo aquel niño curioso que una vez solitario, en el granero de la casa de una tía en el pueblo recogido de Amil,  provincia de Pontevedra, España, encontró unos candiles antiguos que alumbraban con cargas de aceite de ballena. Estaban abandonados entre variedades de trebejos. Pidió permiso a la dueña para que se los regalara y hoy todavía los tiene.

Ahí empezó su historia como coleccionista de objetos, a los siete años de edad apenas, que animó enseguida con la obsesión pura de armar una colección de latas curiosas de leche, cereales, avena, y envases de toda índole.

Nació en la barriada Betania de Ciudad de Panamá, y cuando tenía seis años de edad, su padre, don Lázaro Gago, y su madre, doña Rosario Salinero, gallegos de origen, motivados por razones propias, optaron en vender la pequeña cadena de supermercados que tenían llamada entonces La Vizcaína, y regresar a España.

Para Ricardo, que es el hijo de la mitad entre José Alfonso el mayor y Mary Carmen, la menor, las nociones de la infancia no están asociadas a sueños fruitivos como la llegada de Santa, o las cartas a papá Dios. “A mi me marcó más que todo los Reyes, el 6 de enero, no el Santa Claus. Ponías los zapatos afuera de la casa y te traían el regalo”. Es la tradición cultural religiosa heredada de la familiaridad española. Pero para su memoria, el viaje a vivir a España, es el recuerdo más fuerte de la infancia.

Embarcaron hacia los primeros días del mes de diciembre de 1961 en un vapor de doble hélice, Reina del Mar, de la compañía británica Pacific Steam Navigation Company (Pacific Line), que cubría el itinerario desde  Europa a Suramérica, vía Valparaíso, y regresaba a través del Canal de Panamá, saliendo del puerto de Cristóbal, en Colón, cubriendo una travesía por todo el Caribe que podía durar más o menos quince días, hasta llegar a los puertos de Coruña y Santander en España, y alcanzar su destino final en  Liverpool, Irlanda del Norte.

No fueron la velocidad de servicio de 18 nudos, ni el tamaño de la nave blanca transatlántica, las causas de los vértigos emocionales del infante Ricardo.

Su madre había decidido llevar  de regalo a la abuela dos loros tropicales que fueron alojados en el sótano del vapor,  a los que había que cuidar celosamente, cumplir la tarea de bajar de modo permanente a aquella bodega oscura y flotante, y proporcionales principalmente agua y sus propios alimentos. “Fue muy impactante”, recuerda, porque también entre los infinitos del horizonte marino y los movimientos y cambios de humor de las nubes debajo del cielo, mientras el barco avanzaba a mar abierto, empezó a gravitar con fuerza el peso de los arraigos del entorno casero de su natal barriada Betania.

Total que la cabanga resultó contagiosa. Menos de un año después, acaso en el mismo vapor, la familia Gago Salinero, emprendió el regreso con la mente puesta en  una nueva vida, que rindió frutos de progreso con la vuelta al comercio, gracias a que su padre gozaba de aprecio y al apoyo de  familias activas en los negocios de víveres como los gestores de las empresas Tagarópulos,  y a entidades crediticias como el Chase Manhattan Bank, que fomentaba la creación de empresas y que operaba en Panamá  en aquella época.

Así nació Supermercados Panamá, luego evolucionaría a Supermercados Gago, y finalmente, con la dirección de los hermanos Gago Salinero, el negocio se convirtió en Importadora Hermanos Gago, comercializadora de productos secos como el jamón serrano, víveres, y algo que ilumina siempre el apellido Gago, los arbolitos de navidad, una visión del patriarca de la estirpe, don Lázaro, en sus comienzos, cuando atraído por los arreglos navideños en la Zona del Canal, comenzó a popularizar entre los panameños capitalinos el uso del árbol de navidad, sobre todo el famoso árbol de hélice,  importándolo de Canadá. Aunque para Ricardo tales arbolitos eran horrorosamente feos.

 

El coleccionista del canal

En la madurez de su edad biológica, Ricardo Gago, ha perfilado su vocación de coleccionista, historiador y curador de arte religioso, al punto de haber convertido su casa en un museo vivo de todas sus estéticas obsesiones.

La niña de sus ojos, sin embargo, es la colección del Canal de Panamá. “Es mi hobby. La que más me encanta. La desmenuzo totalmente”.

Su curiosidad la despertó una taza con los logos del canal que estaba fondeaba en la oficina del capitán de pilotos del Canal, Orlando Allard, quien se estaba jubilando.

El hombre le regaló seis tazas y fue como si lo hubieran embrujado. “Me dio el gusanillo y empecé a buscar objetos relacionados con el canal. Tengo miles”.

El país lo sabe, porque entre lo peculiar de la personalidad actuante  de Ricardo Gago, es evidente su gusto por exhibir las colecciones que tiene, y para ello organiza, de tiempo atrás, reuniones sociales en su casa, en las que puede contar las historias y el anecdotario de las piezas que adquiere, y además, en algunos casos, como con la colección de postales del canal que enmarca delicadamente, ha ordenado elaborar plaquetas para que sus amigos invitados salgan de su museo vivo con un bello recuerdo, tanto del anfitrión como del propio canal.

“Todo lo que tenga que ver con el Canal en sí, todo, es todo”, afirma, sin dudar que debe tener no menos de cinco mil piezas alrededor de esa colección.

Él mismo se sorprende de la grandeza de esta obra de ingeniería, el canal, que une los dos mares. “Es increíble. He comprado objetos del canal de Panamá en todos los países a los que he ido”.

En Londres hay un mercado en un lugar llamado Portobello, y allí se ha regodeado buscando objetos.

En el icónico Rastro de Madrid, ha esculcado todos sus rincones hasta hallar algo.

En Estados Unidos, se ha embelesado recorriendo casas de antigüedades. Y donde más objetos relacionados al canal existen son en los estados de California y La Florida.

Disfruta narrando la historia de las dos ferias que se hicieron en San Francisco para celebrar la apertura del canal que se llamaron Panama Pacific.

Desde al año 1907 los californianos habían empezado a promover esta exposición, luego del suceso extraordinario del terremoto de 1905 que sacudió a San Francisco conocido como ´El gran fuego´.

La exposición solo se realizaría hasta 1912 dedicada  a los 400 años del Descubrimiento del Mar del Sur.

Hurgando en documentos, con la lupa puesta en la quietud reinante de las tiendas de antigüedades, encontró una joya, un bono de San Francisco de un valor de Mil Dólares, debidamente autenticado y estampillado, que puso a circular la ciudad para conseguir fondos y levantar la ciudad de las ruinas dejadas por el desastre.

En 1915, cuenta Ricardo Gago, realizaron una exposición universal. El Pabellón de Panamá era redondo y en el centro venía una maqueta a escala con todos los detalles del canal. Las personas se sentaban en unos cubículos que disponían de audífonos, y eran giratorios.

Hicieron los organizadores unos cristales de colores, aplicados a la Torre de las Joyas, réplica de Londres, y que para esos años, fue un verdadero invento por el efecto visual, luminoso y multicolor. Son impresiones y deducciones acerca de la capacidad creativa de los norteamericanos.

Que Ricardo Gago ha hecho dos libros alusivos al Canal de Panamá,  lujosos y diseñados con todos los detalles de un libro de colección, el país también lo sabe.

En el mes de mayo de 2012 presentó el primero, titulado Ricardo Gago, Un Coleccionista del Siglo XXI, que comprende una colección de objetos y documentos desde la época colonial, con objetos de la Colonia, y va hasta 1999.

Antes, en 2010, el Museo del Canal Interoceánico  de Panamá, le había conferido  un pergamino de reconocimiento por la generosa donación de más de mil objetos, que hoy están a la disposición del público que lo visita.

Mediante un trámite necesario, regaló el primer libro al Museo del Canal, en buena parte, para que los fondos de su venta sirvieran de apoyo a la conservación y mantenimiento del Museo.

Un día se encontró con Alberto Alemán, quien fungía de Administrador de la Autoridad del Canal de Panamá y le dijo: ”Alberto, quiero terminar mi libro con un objeto nuevo. Dame una piedra, una rueda, algo que haya sido utilizado en la ampliación”.

Necesitó enviar una carta pidiendo el préstamo del objeto, el diente de una draga, ofrecida por la Comisión del Canal, que se la entregó a Gago, y ahí mismo, en un acto protocolar, Gago hizo entrega de la misma al Museo del Canal.

A un  periodista del diario local El Panamá América, le dijo que  una de las piezas que le “dolió donar”, por decirlo de alguna forma jocosa, fue la que usó de portada en este primer libro. Es un pedazo de cuarzo sacado de la entraña del corte culebra, curva de roca sobresaliente en la vía interoceánica, sujetado por una garra de águila (ave nacional de EE.UU.), en base de bronce y abajo la firma del ingeniero George W. Goethals, Jefe de construcción del canal. Debajo de la madera hay una certificación de la originalidad de la pieza.

Previamente, y al menos el país cultural y social también lo sabe, hizo una campaña de expectativa con la fecha de presentación del libro, sin mencionarlo siquiera,  por medio de calendarios y agendas en los que destacaba que el 18 de mayo de ese año (2012) ocurriría un acontecimiento al que estaba invitado el portador del calendario o la agenda. Nadie supo hasta esa misma noche del evento, que se trataba del lanzamiento del libro, a propósito, presentado en las instalaciones del museo interoceánico, por esos días en trabajos de reparación.

Fueron 500 copias para el público asistente debidamente numerados y clasificados y 500 para el Museo Interoceánico.

El 12 de julio de 2012 el Gobierno Nacional lo condecoró con la Orden “Belisario Porras” en el grado de “Gran Oficial”, por sus aportes culturales a la patria como coleccionista.

En 2013 formó parte del Cuerpo Consultivo de la Comisión Nacional para la Conmemoración del Quinto Centenario del Descubrimiento del Océano Pacífico.

Y en este año de 2014, presentó el segundo libro, Celebrando los 100 Años del Canal de Panamá, con portada de un souvenir de medalla colgante, Visita al Canal 1913, en bronce y estaño, impreso en alto relieve.  Esta valiosa y significativa pieza la adquirió en San Diego, California.

Fueron 1.800 copias del libro de las cuales 1.000 fueron obsequiadas al Museo Interoceánico con el mismo propósito del primero, y las demás, buena parte de ellas, se entregaron en el evento de presentación, riguroso, detallista, organizado y exquisito, en las instalaciones del Teatro Nacional.

Por ahí viene un tercer libro, seguramente antecedido por esas ocurrencias nada usuales en Panamá, y que corresponden solo a personalidades como la de Ricardo Gago.

 

El guardián de las iglesias

Que en Panamá las iglesias tengan feligresías vistosas y permanentes, puede no ser un milagro, pero sí un hecho social llamativo, sobre todo, porque buena parte de las personalidades del país, o sus dirigentes más connotados, hacen gala  periódica de sus creencias. Sobre todo en momentos de crisis. O en temporadas electorales.

Ricardo Gago, es excepcional en estas manifestaciones respetabilísimas de la fe. No porque,  al militar y practicar la fe católica de manera abierta y desde siempre, en su condición de coleccionista indómito, habría de esperarse al menos, que a la lista de colecciones de objetos de todo tipo, de las cuales aquí solo hemos mencionado un par, por lógica habría que sumarle alguna colección de arte religioso o en menor grado de  objetos religiosos. En efecto existe.

“La empecé con un misal pequeño, negro, que fue la única pertenencia que mi madre trajo cuando vino a América”.

Doña Rosario Salinero, su madre, llegó a Panamá al parecer en el vapor Marco Polo, también de la compañía La Italia y descendió de sus escalinatas en el puerto de Cristóbal, con un maletín pequeñito de cuero, que solo podía alojar algo mínimo, una blusa, quizá, un par de piezas de ropa interior, un par de arreglos faciales de la época. Y el misal, desde luego. “Me lo regaló hace muchos años”.

Le dio entonces otra vez el gusanillo y comenzó a coleccionar objetos religiosos, cristos, vírgenes, misales, libros antiguos, uno de los cuales, el más antiguo,  data de 1498 o 1500 aproximadamente.

Pinturas, sí, numerosas, que no vienen a mención. Imágenes de santos, y el suyo, el especial, San Judas Tadeo.

Arte cusqueño, arte chino y japonés, con una línea en cerámica de porcelana que se denomina X –Azumas,  arte ecuatoriano, imaginaría.

Sin embargo advierte: “soy religioso, no al extremo. Mi devoción es San Judas Tadeo. Tengo veinte San Judas, el santo de las cosas imposibles”.

Y advierte: “San Judas también es muy cobrón. Si no le sigues te aprieta. Mi misión es seguir y divulgar la devoción”.

Lleva una medallita con él. La mandó hacer cuando cumplió 30 años de la devoción por San Judas, hace cinco años. Y la entrega a alguien que él considere realmente la necesita.

Y si San Judas, con todo respeto, es el patrón de los casos imposibles, y de los desesperados, humanamente, a Ricardo Gago Salinero, bien se le puede llamar el hombre de los casos difíciles.

¿Qué tan fácil ha sido coleccionar ese imaginario de piezas originales y auténticas que conforman la colección obsequiada al Museo Interoceánico del Canal y las de su propia colección que testimonian la historia del Canal de Panamá?

¿Qué de fácil es tener la curia de buscar objetos no comunes y luego incorporarlos a una rara colección, de envases de vidrio, por ejemplo?

La más reciente ´misión dificultosa la emprendió hace más de un año. Monseñor José Domingo Ulloa, muy preocupado, al decir de Gago,  por esa situación caótica de las iglesias de Casco Viejo, le había pedido en una ocasión que se encontraron en un evento, que le ayudara a trabajar en su recuperación. Le pidió que se encargara del tema. ”No puedo. Déjeme pensarlo”, le respondió Gago.

Y Monseñor, volvió a insistirle hasta una cuarta vez. “Déjeme consultarlo con mi familia, le dijo la última ocasión”.

Habló con su padre, madre y hermanos. Y el asunto parecía no tener respuesta positiva. Pero en diciembre del año 2012, su padre, don Lázaro, se le acercó y le dijo que veía con buenos ojos que aceptara la invitación formulada por el arzobispo. ”Tú sabes que sí deberías aceptarlo”, le sugirió en suaves palabras.

“Mi papá muere el 27 de enero de 2013 y el día del entierro le dije a Monseñor: ´le voy a aceptar el cargo´”.

El día 1º de agosto se hizo el anuncio oficial de la constitución del Comité Amigos Iglesias Casco Antiguo, escogido por él de una lista de postulados que le entregó el jerarca católico,

Son cinco iglesias y cada una de ellas tiene su historia pasada y presente.

El hombre de los casos difíciles, partió de la premisa crítica de que los panameños nos comimos la palabra mantenimiento. “Todo ha sido abandonado”. Señala a los grupos culpables del deterioro de las iglesias: Gobierno, Iglesia y nosotros los ciudadanos.

Recuerda que comités en las iglesias ha habido muchos para ayudar a la restauración de ellas. “Unos hicieron algo, otros no hicieron nada”.

Y a un año largo de funcionamiento de este Comité, hay notorios progresos. El oratorio de San Felipe Neri, de  acuerdo  a Gago, “tiene una historia preciosa”. Con fondos del gobierno de Taiwan, cuando Ruby Moscoso manejaba el Despacho dela Primera Dama, fue totalmente restaurada la iglesia. Pero después la dejaron cerrada durante 10 años.Hubo que empezar de cero y con el apoyo de un equipo especializado al frente del cual se halla el arquitecto Manuel Choi y la restauradora Angela Camargo, se logró su restauración. En este mes de diciembre se inaugura un Nacimiento permanente, el de Juan Varela, que viene desde el año 1958.

La iglesia de San José, está parada, tiene problemas de logística. Se necesita un estudio de restauración muy costoso, que puede valer alrededor de doscientos noventa y ocho mil dólares.   Gago, trabaja con la ponchera puesta en una entidad estatal.

La iglesia de Nuestra Señora de La Merced, ha sido de mucho interés y el trabajo ha sido muy de lleno  con fondos privados y de la Autoridad de Turismo de Panamá.

La iglesia de San Francisco de Asís, que fue iniciada en 1915 y terminada en 1918, se levantó sobre los cimientos de piedra que los curas franciscanos sembraron en su momento hacia el año 1673.

El arquitecto Villanueva, quien la reconstruyó en 1915, lo hizo sobre la iglesia antigua, Han encontrado paredes de la iglesia original. No hay documentos ni planos. Estuvo abandonada durante siete años. Posee una sacristía rectangular.  Estaba habitada por vivientes de la calle o ´piedreros´, y el milagro es que encontraron tres puertas de oro de los sagrarios.

Posiblemente se salvaron porque de manera torpe, en el pasado no muy lejano, los sacristanes o encargados de cuidar y mantener la iglesia, limpiaban las puertas con brilla metal  Brasso Líquido y el oro se opacó dando la apariencia de lata oxidada.

Francolini, el experto italiano consultado, no dudó en reconocer la composición del metal precioso en la estructura de las pequeñas puertas.   La iglesia, por demás, estaba sumergida en agua.

Y La Catedral, de enorme importancia para la curia y la sociedad en general, está en un proceso de solicitud de apoyo que equivale a 16 millones de dólares. “Si no hay ayuda del Estado, no se puede hacer nada”.

Con este balance por delante, Ricardo Gago Salinero prácticamente cierra este año las tareas religiosas a las que se comprometió con las iglesias del Casco Antiguo.

Un Nacimiento, será permanente en una de ellas, aunque él, por tradición, recuerde más la colocación afanosa de los zapatos afuera de la casa, la víspera del 6 de enero de Reyes.

San Judas y demás imágenes de todas las iglesias a su cargo están siendo sometidos a una verdadera restauración artística, con fundamentos en investigaciones documentadas de fondo. Este santo ha invadido sus oficinas, su casa, su empresa, sus espacios regulares, pero esto no es una dificultad. No existen imposibles en su fe y menos en su mente. Y no se trata de loros en el sótano de un vapor. Como presidente del Comité Amigos Iglesias Casco Antiguo, Ricardo Gago es su guardián.

Last modified: 20/12/2018

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