Un viaje de película

Written by | Actualidad

Cannes, en la Cote d’Azur, situada al sur de Francia, es conocida por sus hermosas playas, opulentos hoteles con vistas al mar y su festival anual de cine. Luego de tres aviones, un bus y veinte horas me dispuse a descubrir los paisajes de la Riviera Francesa.

Por: Fanny Huc

fannyhuc@gmail.com

Salí de Panamá con destino a Madrid y cuál fue mi sorpresa que en mi vuelo de Iberia me encontré con Tomás Cortés – Rosselot, uno de los productores de la película panameña Panquiaco, y de Ana Elena Tejera, ganadora del concurso Primera Mirada del Festival de Cine de Panamá.

Ana Elena y su equipo se hicieron acreedores de una proyección en el Marché du Film, uno de los mercados de cine más grandes del mundo que tendría lugar en el marco del Festival de Cine de Cannes. Al ser coordinadora de programación de IFF Panamá, debía hacer “lobby” a esta película y asistir a este rimbombante evento.

Al llegar a Madrid nos despedimos, pues teníamos escalas distintas. Tras un recorrido por el inmenso aeropuerto, me dirigí a Frankfurt, y cuando pensaba que viajaría sola, me topé con la coordinadora del concurso Primera Mirada, Karla Quintero, que caminaba feliz con un pan de chocolate en la mano.  Juntas volamos a Nice y tomamos el bus que nos llevaría finalmente a Cannes.  Allí la moderna arquitectura de la estación de transporte donde arribamos, con sus líneas rectas y grandes ventanales de vidrio, un interior frío y moderno, contrasta con los edificios que la rodean.

Lindos balcones con verjas ornamentales me hicieron imaginar otro tiempo, sus colores pasteles y sus ventanas con flores me calentaron el espíritu mientras caminaba por las estrechas calles que llevan al Palacio de Festivales y Congresos. Llegamos con todo y maleta para recoger a tiempo la acreditación que nos permitiría asistir a los eventos, las proyecciones y demás actividades del festival. El Palais de Festivales es el centro de convenciones donde se realiza la mayoría de las actividades y se encuentran los teatros más grandes y exclusivos, como el Debussy y el Lumière, en los que se despliegan la famosa alfombra roja. Hombres y mujeres de todas las edades, ataviados en sus mejores galas, mostraban letreros pintados a mano, unos más originales que otros, para pedir boletos para las funciones de la noche. Resulta que las invitaciones para las proyecciones no se venden, pues están destinadas para los miembros acreditados de la industria; pero si alguien no puede asistir, regala los boletos a algún suertudo bien vestido.

En el Palais nos esperaba Nayita Adames, gerente de operaciones del Festival de Cine de Panamá, y una vez cumplida la tarea de recoger la acreditación, y con más calma, caminamos unos cinco minutos hacia nuestro hospedaje, en la Rue de Meynadier, por una pintoresca callecita peatonal en el centro antiguo de la ciudad llena de pequeños comercios de todo tipo, bares, restaurantes, tiendas de artesanías, ropa y hasta aceites esenciales.

Subimos al tercer piso en lo que pensé era el elevador más pequeño que había visto.  Dejamos nuestras pertenencias en el modesto, pero bien equipado y cómodo espacio, y regresamos a la vía principal donde nos encontramos con Pituka Ortega, directora del Festival y juntas iniciamos una caminata de reconocimiento en busca de una cena ligera.

La fría y húmeda brisa sorprendió nuestros rostros tropicales como atomizador refrigerado, mientras caminábamos al borde de la marina en el paseo de la Pantiero hacia Le Suquet, la parte más antigua de la ciudad. Con una privilegiada vista a los mástiles de los yates, bajo una hermosa luna llena, cenamos en La Pizza Cresci, donde comimos las mejores berenjenas gratinadas y unas cuantas copas de vino francés que obligaron al cuerpo a despedirnos, pues la mañana prometía trajín.

Que empiece la función

Al día siguiente, muy temprano, llegamos al Palais entusiasmadas a emprender nuestros compromisos. Este recorrido suponía unos cinco minutos, pero tuvimos que agregar otro diez para pasar por el estricto protocolo de seguridad, que nos obligó a despojarnos de toda mochila, abrigo, paraguas y demás chécheres antes de pasar. Aun así, logramos cumplir a tiempo con las reuniones del día.  Entre pantallas con avances de películas, “posters” y personas de todas partes del mundo, subimos al tercer piso para apreciar desde lo alto la bahía y el boulevard de la Croissette en su soleado esplendor. El reflejo del sol formaba brillantes líneas plateadas que alumbraba al gentío pululante. En la parte de atrás se veían ondear los pabellones de los distintos países, los lujosos botes y yates y el cinema de Plage, donde en la noche se llevan a cabo las funciones al aire libre.

Al bajar nos esperaba la impactante imagen de las largas filas para entrar al teatro Lumière, de izquierda a derecha hasta donde daba la mirada. Esa tarde experimenté mi primer viacrucis infructuoso al esperar dos horas ordenadamente para convertirme en la primera de la fila de rechazados y perderme el estreno de la película Atlantique, de la franco–senegalesa Mati Diop. Afortunadamente pronto podré verla en Netflix.

Esa tarde, motivada por la selección musical que amenizaba la alfombra roja de Rocketman, la película biográfica de Elton John, al ritmo de “Kiss de Prince” emprendimos camino al teatro La Licorne en el barrio La Bocca, veinte minutos al oeste de Cannes, a bordo del cómodo pero repleto bus con ruta N2. Allá, finalmente, luego de otra descomunal fila, logramos victoriosas ver  “The Dead Must Die”, de Jim Jarmusch. Un amplio y acogedor teatro comunitario nos abrió sus puertas y descubrimos este otro lado de la ciudad, más familiar y callado.

A la mañana siguiente, después de atendidos los compromisos en el Palais, aproveché para caminar la Croissette y ver de cerca y con detenimiento los hermosos e imponentes hoteles. El Majestic Barrière, el Intercontinental Carlton, con sus grandes cúpulas oscuras, El Miramar y el Martínez, que ocupa toda una cuadra. A lo largo de toda la avenida, se ubican también tiendas de las marcas más famosas con sus enormes arreglos florares y pequeños jardines tropicales coloridos, concurridos por cientos de personas. Atendí reuniones en otros edificios del centro: en la Bivouac Napoleon, la terraza escandinava en el 55 de La Croisette y en las residencias La Florella en el Square Mérimée. Allí subí a un elevador para dos personas delgadas que ahora sí se convirtió oficialmente en el más pequeño que he visto en mi vida.

Al caer la tarde, nos acercamos al Plage de Palmes a una recepción para celebrar el cine canadiense. El escenario era una plataforma de madera sobre la costa rocosa, mitad techada y mitad al descubierto, donde se presentaba la velada, frente a la privilegiada vista de la bahía y el arrullo de las olas, complementados con los deliciosos bocadillos y el buen vino.

Todos los días llovía un poco más fuerte y las temperaturas bajaban más, pero eso no fue impedimento para que la ávida audiencia esperara su turno en las largas filas con la promesa de disfrutar los estrenos disponibles en la cartelera. Así, por dos horas y media bajo una red de paraguas que se unían sobre mí como una membrana multicolor, formé mi fila para ver La Gomera, de Corneliu Porumboiu, en el gran auditorio Louis Lumière; ¡y vaya que valió la pena! Después de subir los 24 emblemáticos escalones a un lado de la alfombra roja, dos grandes puertas permitieron apreciar un enorme vestíbulo y su gran escenario. Las butacas de los balcones, distribuidas en una adecuada inclinación permitían ver la inmensa pantalla sin impedimento alguno. El sonido ambiental me sumergió en esta fenomenal ficción llena de acción y drama, salpicados de un humor negro y mágicos juegos visuales inesperados que disfruté mucho.

El sábado, bajo un aguacero que me hizo sentir como en casa, asistí a una mesa redonda organizada por la revista “Screen International”, en el exclusivo salón Croisette en el último piso del Palais, con la breve presencia del delegado general de Cannes, Thierry Frémaux. Fui nombrada por esta revista junto a un grupo de programadores y curadores de cine, en una lista que nos destaca como futuros líderes en nuestras regiones.  Compartir con ellos fue una oportunidad invaluable para comprender y discutir los nuevos formatos de exhibición y el impacto de nuestra labor en la variedad, la inclusión y la discusión de títulos en los cines y festivales de nuestra región.

Otro día, despues de una reunión en el pabellón europeo, gritos de emoción me hicieron voltear la mirada y reaccionar sin espanto al grupo humano misceláneo que amontonado al borde de la calle intentaba ver a las estrellas que desfilaban la alfombra roja de Érase una vez en Hollywood. Su director, Quentin Tarantino, y una constelación de entrellas firmaban autografos mientras “flashes” a velocidad de metralletas los alumbraban.

Leonardo DiCaprio, Brad Pitt, Margot Robbie, Gael García, Diego Luna, Dakota Fanning, Adrien Brody, entre otros, caminaron la alfombra al tiempo que giraban sus cuerpos con elegancia en todas direcciones mientras música disco amenizaba el ambiente.

El resto de mi experiencia en Cannes estuvo lleno de encuentros, paneles y actividades sociales que dieron pie a alianzas estratégicas muy productivas. Ver de primera mano la operación de uno de los festivales más grandes del mundo, conocer personalmente a los agentes y distribuidores de los títulos que negociamos y probar las últimas y mejores herramientas para nuestra gestión, será de inmenso beneficio para nuestra labor en las próximas ediciones del Festival de Cine de Panamá, IFF Panamá.

La magnífica y amplia selección de títulos, el descubrimiento y disfrute de películas de todo tipo y de todas partes del mundo en otros espacios de exhibición como el Teatro Olympia, el Palacio Miramar, la sala Debussy, las pequeñas salas de proyección dentro del Palais, aunado a la incertidumbre de si lograba el acceso o no, convirtió la experiencia en un auténtico reto que sin duda repetiré.

Last modified: 18/09/2019

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