Vivir para contarla

Written by | Entrevista, Mujer

En los recuerdos se pasea la historia. Y en los de Aura Emérita Guerra de Villalaz, los capítulos de su vida se antojan vastos y dignos por haber edificado su vida con ejemplar tenacidad.

 

Por: Jorge Iván Mora

Fotografía: Adolfo Cuervo

Hay memorias de la niñez entre frutales silvestres y hortalizas  abundantes de una tierra pródiga y templada por los vientos, donde se cultivaba lo que se consumía. Era la finca, en el corregimiento de Santa Rosa en el distrito de Bugaba, pues allí creció como la mayor de cuatro hermanos y una entre los 18 hijos que sumó su padre con diferentes madres a lo ancho de su prolífica existencia. Era el lugar de los cuatro y su madre, Griselda, ordeñaba.  “En las noches, nos ponía  a limpiar huertos, pilar arroz, cosechar fríjoles y recoger naranjas”.

Los  árboles de naranjos son especialmente imborrables. Su padre los sembró bordeando los linderos de la finca, que tenía una extensión de cerca de nueve hectáreas. De modo que por ahí mismo se vendían miles de naranjas. “Mi padre, en vez de estacas, sembraba frutales alrededor de la finca, que servían de linderos”.

Hay imágenes entretenidas y reveladoras de los tiempos que fueron, y que saltan en la narrativa de su infancia, en la escuela de campo y la enseñanza multigrado en la que una maestra o un profesor se encargaba de enseñar la primaria de primero a cuarto o quinto en un solo salón de clases. Lo hacía por hileras, y mientras asignaba tareas a una hilera de un grado, se iba a la otra y a la tercera y cuarta.  Así se enseñaba en aquellos tiempos y así se aprendía, con un método tan primario como ingenioso y tan real como difícil de comprender.

Hay senderos inolvidables. La escuela mixta de enseñanza completa estaba en otro lugar, el corregimiento de La Estrella. “Íbamos caminando con una de mis tías, Flora, la menor, desde la casa hasta la escuela con los zapatos en la mano. Nos lavábamos los pies antes de pisar la escuela y entrábamos bien calzadas y limpias”.

Los escenarios de la memoria cambiaron en la secundaria. Los abuelos de padre fueron sus custodios para que pudiera estudiar y pernoctar en la capital provincial, David, en el archifamoso Colegio Félix Olivares.

Hay vocaciones que de seguro vinieron en su constitución mental. Leía todo lo que caía en sus manos y cuando llegó a primero de primaria lo hacía con sobrada propiedad. Su padre era contador y a su madre le encantaba escribir.

Hay recuerdos tristes, como el día que una culebra X mordió a su hermano Roberto, de cinco años, y lo llevaron en una hamaca improvisada,  a caballo, y en tanto pudieron acercarlo al hospital de David lo consumió la gangrena. Fue duro y desgarrador, pero quedaron para contar la vida, Silvio, Lury y ella, que siempre ha preguntado por qué les pusieron sus nombres.

Aura Emérita también recuerda que el maestro de sexto grado recomendó no quedarse. Y en tercer grado en el Félix Olivares se mudó a Concepción de Bugaba a vivir con otras tías y se graduó en el primer ciclo.

Cada paso de estudiante siempre lo distinguió con honores. Así que de Concepción de Bugaba se fue becada a la Normal Juan Demóstenes Arosemena, en Santiago de Veraguas.  Iba de estudiante interna.

Entonces en ese mundo ancho y nuevo, fascinante, distinto y exigente, frecuentaba las bibliotecas, seguía leyendo mucho, participaba de las actividades estudiantiles. Y se graduó con puesto de honor y con el inmenso honor de hacer el discurso de despedida. “El internado fue aleccionador. Uno comparte lo triste y lo alegre, descubre la amistad, la cultura de las provincias (llegaban alumnos de todas partes), la forma de socializar. Y me impactó que en provincias centrales el regalo que se hace a las niñas es una pollera”. Lo que tenía en aquellos tiempos tanto arraigo hacia su región chiricana.

Una de sus compañeras en la Normal de Santiago, de ascendencia china, María Auxiliadora Luque, la invitó a su casa de Panamá para que pudiera quedarse allí y empezara a estudiar en la Universidad de Panamá. Estuvo con su familia, en el sector de Santana y en ese ramillete feliz de recuerdos está la parada de la chivita que la llevaba derecho a la universidad. En el área del mercado estacionaba  el simpático vehículo de transporte y de regreso, igual. “El procurador general de la Nación viajaba con nosotros en esa chivita de banquillos largos”.

 

APRENDIZAJE Y RETOS

Por esos recuerdos será que en la pared de la sala de conferencias de su oficina privada pende una foto de retoque del parque de Santa Ana, que tiene un gran significado histórico por haber sido el centro de la democracia panameña, merced a los sucesos y ocurrencias que por allí desfilaron en años cruciales de los siglos XIX y XX.

Ella, Aura Emérita, recuerda también que en la Normal les enseñaron una mística: “El maestro tenía que ser líder de la comunidad a donde llegaba y prepararse para orientar”.

Recibían clases de agricultura para enseñar luego como maestras la importancia del huerto familiar, aprendieron a fabricar adobes y a cavar letrinas. “Por otra parte, si éramos líderes teníamos que proyectarnos en la oratoria, entonces practicábamos con dedicación, así como la enseñanza en la defensa de los derechos y deberes. Por eso escogí la carrera de abogada”. Aunque cuando llegó a la universidad a inscribirse, estuvo tentada dos veces a escribir en el formato del contrato que iba por matemáticas. Era otra de sus fascinaciones.

Y otro hecho para recrear la historia: en el tiempo inmediatamente anterior a su llegada, la universidad no tenía sede propia y las clases se dictaban en el Instituto Nacional, por lo que las clases eran nocturnas. A ella le tocó hacer seis años de carrera, por ser de noche, precisamente, no obstante que le correspondió educarse en la nueve sede. “Lo que ocurrió fue que el programa se mantuvo porque ya había estudiantes de grado superior que venían de recibir clases en el Instituto”. Un asunto de nivelación necesario.

Como era estudiante becada, estaba en la biblioteca buena parte del día. Y asuntos de la curiosidad, por una recomendación, iba  de observadora a una fiscalía para aprender la mecánica, hacer las notas, ayudar en lo que pudiera. “Foliaba los tomos de los procesos. Era aprendizaje sin ganar dinero”.

AMOR Y VOCACIÓN

En el cuarto año de su carrera universitaria conoció a su esposo, Rogelio Villalaz, quien estudiaba ingeniería civil. Se casó, tuvo su primer hijo de una vez. Entre su natural amor a la familia y la maternidad y su vocación profesional, se gradúa de abogada con honores y derecho a una beca.

En medio de todo había sido la primera mujer presidenta del Centro de Estudios de Derecho (CED), siempre reconocido como un foro de ideas y confrontaciones democráticas.

Ella rememora esta circunstancia excepcional porque vivía entonces en una sociedad profundamente machista. “Nosotros éramos cuatro mujeres de setenta y un estudiantes cuando comenzamos la carrera. Al segundo año, pasamos doce estudiantes,  10 hombres y dos mujeres. “Todos nos graduamos y cuatro hemos sido magistrados (Marisol Reyes de Vásquez, Américo Rivera, Lao Santizo y yo”.

Participó en el grupo que por primera vez promovió con ahínco la siembra de árboles y hacía servicio social tomando casos de gente sin recursos. Fue voluntaria en el Centro de Investigaciones Jurídicas y con la guía de unos expertos de la Universidad de Louisiana, recogieron toda la legislación panameña desde 1904 hasta 1956. Y para indagar en las  gacetas oficiales (de enorme tamaño) hubo que contratar restauradores para su manejo, y aplicar una técnica especial para recoger cada una de las leyes publicadas año por año. El trabajo se clasificaba por materias.

Recuerda que Narciso Garay, rector de la universidad, les ofreció cincuenta dólares mensuales como investigadores jurídicos.

Por sus obligaciones de madre, perdió la primera beca. Pero adelantó seis exámenes. Entonces, se fue a tomar un postgrado en el Programa de Mejoramiento del Pénsum Docente de la Universidad.

Cuando salió de la universidad, junto a dos compañeros colocaron una oficina frente al Ministerio de Gobierno. Iniciaron prestando sus servicios a empresa Riteriner y a la compañía Sastre de arrendamientos.

Salió en cinta, se presentó una vacante en el Órgano Judicial y renunció a la oficina privada. Comenzó como oficial mayor en la Corte, luego fue Juez del Circuito Penal, hasta que llegaron los militares. “No les gustó que pusiéramos fianza en ciertos casos y eso nos costó el puesto. Fuimos reemplazados”.

EXPERIENCIA INTERNACIONAL Y CORTE

Pero mantuvo el vínculo con la universidad.  Se fue al postgrado a México a la Universidad Autónoma de México (UNAM) y se quedó los años 1972, 1973 y 1974. Venía en los espacios vacacionales y días disponibles para mantener el vínculo estrecho con la familia. Como siempre, su esposo la acompañó en esas decisiones.

Salió con Especialización en Derecho Penal, Maestría y Doctorado.  “Me dieron  Mención Honorífica”.

Por sus relaciones jurídicas e intelectuales, y por su conocimiento, Jorge Illueca, mandó su currículo a Naciones Unidas para representar a América Latina al Comité de Prevención del Delito y Lucha Contra la Delincuencia (ILANU). Estuvo por 10 años en Nueva York.

¿Cómo lo hizo? El trabajo de estas comisiones es muy especializado y por lo mismo los miembros se reúnen 20 días seguidos al año en Viena, Austria.  Se realizan reuniones regionales e interregionales en el área penal y criminología, aparte se celebran congresos quinquenales. “Fui a no menos de cinco de esos congresos y no había menos de 2.500 estudiantes por sesión”. En ese periplo académico estuvo en ciudades como Caracas, Milán, El Cairo, La Habana y la propia Viena.

Con las consecuencias de la invasión de los Estados Unidos a Panamá, el presidente Guillermo Endara pidió la renuncia a todos los magistrados de la Corte, y solo ratificó en la Suprema a un magistrado: Rodrigo Molina. “Yo era profesora de Derecho Penal en la Universidad de Panamá y la idea de Endara fue nombrar profesores en la Corte, cada uno en una especialidad. Como los magistrados tienen períodos de 10 años y ya habían transcurrido dos años de los magistrados a los que les fueron solicitadas las renuncias, a los escogidos nos correspondió culminar el período del 1 de enero de  1990 al 31 de diciembre de1998”.

La nueva magistrada llegó a reemplazar a Jerry Wilson. Y se estrenó con un caso muy expectante: El caso Spadafora. “Su solo expediente estaba conformado por 35 tomos de 500 páginas cada uno. Lo resolví en 30 días”.

A la agilidad en el manejo de un expediente tan voluminoso contribuyó su experiencia en metodologías de información y clasificación de información jurídicas aprendidas con los expertos de Louisiana y el bagaje como fiscal y juez.

En el año 2008, con los crímenes ocurridos en Ruanda, la ONU creó un Tribunal Especial. Fue nominada como Juez Ad Litem (suplente). “La vez que fui me resultó asombroso: cada proceso tenía no menos de 200.000 víctimas. El Tribunal se creó en Tanzania en la ciudad de Arucha, adonde llegué en el 2008. Pero la labor había comenzado en 1996.

Toda esta narrativa de la vida de la doctora Aura Emérita Guerra de Villalaz es historia constante, palpitaciones de una mujer que jamás renunció a ser madre, maestra, profesional del derecho, administradora  de justicia en los más elevados niveles de distinción, litigante, defensora de los derechos de la mujer, académica y escritora de libros.

Empezó recogiendo frutales en la finca de sus padres, sembrando árboles, jugando entre las sombras de los naranjos, y sigue en su despacho privado repasando la historia, junto a los retratos de sus hijos, Rolando, abogado especializado en Derecho Laboral, Gretel del Carmen Villalaz de Allen, abogada como ella y a la vez ingeniera civil como su padre, y Rogelio Antonio, ingeniero en Ciencias Computacionales. Y escribiendo libros jurídicos, desde que se lanzó  con el primero de ellos en compañía de Campo Elías Muñoz, “Tratado de Derecho Penal Panameño”, que acumula varias revisiones y ediciones. Sobre este aspecto de los libros ha sido curioso. “He tenido casos que me citan mis propios adversarios en los tribunales”. Se refiere a que algunos abogados terminan citando la jurisprudencia y los conceptos emanados de sus libros para apalancar la defensa o ataque, estando  ella en la otra orilla de la baranda.

Colmada de méritos, la pregunta acerca de por qué le colocaron sus nombres podría parecer necia. Tiene el aura de la templanza regocijante en los surcos que teje su mirada  y está escrita en la memoria social del país que sus logros gozan de buena salud y el respeto de una sociedad, que por cierto y en general, no reconoce méritos.

Last modified: 20/09/2017

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